Sufrió con estoicismo las curaciones, que eran muy dolorosas, pero cuando el cirujano le dijo que había estado a punto de morir de una septicemia, Juan Dahlmann se echó a llorar, condolido de su destino. Las miserias físicas y la incesante previsión de las malas noches no le habían dejado pensar en algo tan abstracto como la muerte. En algún momento, el cirujano le advirtió que debía tomarse unos días en su trabajo, para descansar y reponerse.
Día 1
Me siento en el patio de casa, el verde de un jardín que ya no es me trae recuerdos de otras primaveras que ya no son. Prendo un cigarrillo y pienso si esa acción es una búsqueda encubierta de mi propia muerte. ¿Es que acaso deseo morir? El sol va escondiéndose lentamente frente a mis ojos, como ese cigarrillo que se consume entre mis labios. Los rayos finales que anuncian la muerte del día me enceguecen de a ratos.
Otra vez pienso en la muerte. ¿Es que acaso temo morir? Preguntas y más preguntas. Ahora pienso en quienes sufrirían mi partida de este mundo. No son tantos y me tranquiliza la idea de que se acostumbrarán, al igual que yo me acostumbré a las pérdidas de los seres queridos. Uno con los años se hace más fuerte. Una parte de mi vida se fue con ellos, a donde sea que vayan, si es que realmente van a alguna parte. O tan solo lo que muere es la historia entre nosotros, solo un adiós a esos pasados que, como el verde del jardín, ya no lo son.
El cielo se va tornando púrpura, en el horizonte veo asomar el fin del día. Debo entrar a casa.
Día 2
He vuelto a leer lo que escribí ayer. Los días grises hacen esas cosas en mí me llevan a revolver fotos viejas, a leer lo que escribo, las cartas del pasado, los libros que me identifican con historias vividas que deseo recordar. No tengo mucho por hacer, creo que tanto tiempo de ocio me lleva a reflexionar sobre mí mismo. Me hace recordar a mi abuelo. Asombrado por la pereza de los argentinos, comparado con sus compatriotas europeos, siempre decía que la pampa infinita había hecho del argentino un hombre ocioso y taciturno, al que no le preocupaba demasiado el esfuerzo porque sabía que de todos modos iba a morir.
Ahí estaba tu foto, esa que me diste cuando nos conocimos, entre cartas y tarjetas. ¡Cuántas vidas pueden entrar en una caja! Otro cigarrillo me hace pensar si acaso en eso está la muerte verdadera, la que me duele. ¿No murió acaso parte de nosotros cuando me dejaste? Cuando decidiste que todo debía terminar, que era lo mejor. Creo que ese “nosotros” es más bien lo que murió, lo que ya no existe. Tal vez debimos hablarlo cuando volviste. Yo estaba dolido, no quería que volvieras a decirme que ya no era nada para vos.
Solía pensar que los recuerdos son partes de algo que vive en la memoria, pero solo allí. No hay vida después del final.
Día 3
Estuve toda la noche pensando en eso del “final”. Todos sabemos que hay uno, pero creo que somos pocos los que nos detenemos a analizarlo,a pensar cómo nos gustaría llegar. Tal vez lentamente como ese sol que se escondía ante mis ojos, para dar nacimiento a la noche, a la oscuridad. O mejor abruptamente, para no sentirlo, como un vaso que cae y se deshace en instantes.
Me intriga pensar qué es lo que quedará vivo de mí en la memoria de otros. ¿Es eso un deseo de trascendencia? No lo sé. ¿Qué es lo que recordás de “nosotros”? ¿Hay algo vivo en tu memoria? Saberlo no solucionaría el problema, pero si algún día te encuentro espero no olvidar preguntartelo. Seguramente me recordarás, no ha pasado tanto tiempo. Fueron meses, casi un año.
Suena el teléfono, no quiero contestar. Tal vez sea mi secretaria. Hoy iba a ir Emma Zunz a contarme algo sobre la huelga. Me pregunto qué la llevaría a delatar a sus compañeras. Síndrome “Astier”, como me gusta llamar a esa necesidad de salvarse uno traicionando al amigo. Ese amigo debería estar entre comillas, no creo yo en la amistad del que traiciona. Ya va a dejar de sonar, seguramente no es nada importante. ¡Estoy de vacaciones! Please, do not disturb.
Día 4
Cada vez que releo esto estoy tentado a cambiarlo, empezar de nuevo y tratar de hacerlo más claro. Pero no logro encontrar un principio por dónde empezar. Me abstengo de volver a lo escrito y evitaré arreglar lo hecho. Parece funcionar.
Lo que pasó no puede arreglarse, ya pasó, me dijiste una noche, con tanta razón que no logré comprenderlo en ese momento.
Ya no podré llegar a una reflexión uniforme de lo que significa para mí la muerte. Esa había sido mi idea inicial en cambio, aquí, un montón de trozos de sentimientos, ideas y recuerdos que se mezclan y confunden.
Una vez leí en alguna parte que el deseo de inmortalidad del hombre va acompañado de su miedo, cuando comprende su carácter finito. Mi mayor miedo es a lo desconocido y si en cada presente que termina, voy conociendo pequeñas muertes ¿por qué habría de temerle? Solo sería el final de los finales.
Es tal vez que solo venimos al mundo para ir muriéndonos de a poco. No lo creo así, tiene que haber algo más, alguna razón.
Día 5
Las últimas frases de ayer me hicieron pensar en esto que escribo. Es la muerte de mis ideas o al contrario al escribir mis sentimientos y pensamientos doy vida a algo. Me siento como el poeta Buenosayres, y esa flor que estaba en su mente, mientras él la pensara, esa flor viviría y estaría siempre igual. Si el poeta fuese eterno, la flor también lo sería. Algo mío que vivirá para siempre. Sí, eso es, la eternidad de mis palabras sobre el papel. Pero a quién van dirigidas…Lo pensaré luego.
Hoy estoy un poco más optimista. Mis vacaciones van a terminar (de nuevo un final) y aún sigo de pantuflas en casa. Saldré a tomar un café, un poco de aire me hará bien. Llamaré a algún amigo para charlar. Esteban seguro que esta en su casa con su esposa y su hijita. Su “vida completa”, como la suele llamar. Varias veces trató de convencerme de que buscara alguien con quien formar una familia. Pronto me di cuenta de que él y mis otros amigos que también lo hicieron, serian mas felices sino tuvieran una familia. Si tantos compromisos, si es imposible que yo logre hacerte feliz, para qué retenerte, o retenerme a los brazos de alguien.
Día 6
Mañana el regreso a la rutina, los viajes de trabajo, la falsa amabilidad de mis compañeros que sólo esconden intereses. No es eso lo que quiero, pero es lo que debo. Volver a mi vida “normal”. DEBER. Esta palabra que marcó siempre un orden en mi vida. Siempre hice lo que debía. Tal vez por eso es que no deseo que nada termine, que nada muera. Porque siento que algo me queda por hacer, eso que quiero y no solo le que debo.
El café ayer lo tomé solo. No quise interrumpir a Esteban con mis cosas, él ya tiene sus ocupaciones. De todos modos, seguramente no iba a poder acompañarme. Caminar me relajó un poco, no lo suficiente como para olvidar mi soledad y ese camino que trazo con mi vida, en el que nadie se cruza ya. Los otros caminos van paralelos al mío. ¿Con qué otro camino te habrás cruzado después de mí?
Solo mi pasado dejó morir cosas, ahora yo solo voy hacia el fin. Solo yo. Estas palabras retumban en el comedor, hacen eco en las paredes vacías.
Ahora comprendo mi miedo, tengo que saltar de mi camino, que de tan mío que es puedo destruirlo sin tocar nada. Tomar otra ruta, no es lo que debo, es lo que quiero.
La muerte de mi camino dará nacimiento a otro. Espérame, te voy a llamar.
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