Existe un espacio donde se puede escuchar
tu creación
su creación
mi creación
Donde las palabras juegan a
Disfrazarte
Disfrazarlo
Disfrazarme
Donde las palabras juegan a
Musicalizarte
Musicalizarlo
Musicalizarme
Existe allí también... una persona
Que te alienta
Lo alienta
Me alienta
A mejorar cada día
La misma que puede
Hacerte
Hacerle
Hacerme
Emocionar cuando se pronuncia.
lunes, 10 de diciembre de 2007
lunes, 29 de octubre de 2007
Postal: Elecciones 2007
Desde la puerta de la escuela se prolongan varias colas que llegan hasta la calle. Me dispongo a ayudar a mi viejo a encontrar en qué mesa vota. Mi hermano y yo ya lo sabemos: la 42. Habíamos chequeado por mensaje de texto. En una pared a la izquierda de la entrada hay pegados algunos padrones. En ninguno figura. Tardamos un poco en descubrir que en otra pared, a la derecha de la puerta y a 45 grados, hay más padrones, pese a que la otra tiene todo el lugar del mundo para alojar a todos. Ahí está: “Duarte, Javier Iván. Mesa 42”. Por las dudas chequeo a ver si la información vía mensaje de texto del Ministerio del Interior es correcta y yo también tengo que votar en la 42. “Duarte, Ezequiel Juan”. Bueno, parece que la burocracia insiste en cambiarme el nombre. Mi consuelo es que “Iván” es el ruso de “Juan”, así que en esencia es lo mismo.
El siguiente paso es encontrar la cola correcta. Por miedo a ser señalado como un colado, me pongo en la más larga. Mi viejo –como de costumbre- se aviva antes que yo y pregunta. “Aquella es la 42”. Es más corta. Un par de metros detrás, sobre la calle de arena, un tipo con corte de pelo a la militar se baja y putea a los gritos a alguien que paró la camioneta en el medio. En la fila se escuchan murmullos y se ven caras de leve indignación: “¿Qué le pasa?” “Algunos están medio sacados…”. Mi hermano señala que lo acompaña toda la familia, encerrados en el auto, y que esa es la explicación a la neurosis del sujeto. Yo digo, sin temor a quedar como un prejuicioso, que ese tipo seguro va a votar a Patti.
El cielo está limpio y al acercarse el mediodía el sol pica. Por suerte la brisa marina atenúa la molestia. En la cola para votar siempre se encuentra a algún conocido. Por ahí otro Duarte con el hijo en brazos. Seguro lo dejan saltearse la fila, como viene con el nene. Encima, también plomero. Además, está el ex jugador de Racing y profesor de una escuelita de fútbol a la que asistimos hace años con mi hermano. Aunque nunca supimos por qué. Reconozco a alguien que iba al mismo colegio que yo, pero no lo saludo.
Al lado de la entrada, un cartel instructivo para votantes. Dice “no se pueden portar armas al votar” o algo por el estilo. Me pregunto si la tijera que algunos llevan para cortar boleta más fácil se considera un arma, pero descarto la idea con rapidez. Las tijeras no están concebidas para matar. Justo al lado, en la puerta, un gendarme jovencito luce un fusil semiautomático de un metro. Es el mismo pibe de hace dos años. Me pregunto si vota ahí, si vota en algún otro lugar, si vota en absoluto, si la regla que prohíbe portar armas también cuenta para él, si es necesario lucir un arma de guerra en una escuela durante unos comicios… Un arma de guerra. Un fusil. Concebido para matar. En una escuela. En pleno acto democrático…
La 42 es una fila corta pero avanza a velocidad de molusco. Junto a mí, un viejo –creo que de la 41- ojea la Viva. Se detiene en una entrevista a la Cicciolina. Hay una foto enorme de la ex diputada mostrando una teta. Otro viejo asoma la cabeza por encima de mi hombro para ver. Mientras, a mi derecha, en una cola de mujeres, le piden a un gendarme si dejan pasar a una mujer embarazada. El sol quema. La gitana luce una discreta panza. Lleva de la mano a una nena muy rubia. Con la otra sostiene un cigarrillo. Pasa.
Al fin me toca entrar. Del lado derecho del pasillo están las mesas. 40… 41… 42. Ahora la cola en la mesa es en sentido opuesto, o sea que quedo mirando a la entrada. Mi hermano y mi papá están detrás. Un viejo de camisa azul delante de mí entra al cuarto oscuro. En una mesa masculina cercana, un arrebatado protesta: “¿Qué hace esta chica acá?”. Un fiscal le hace una sutil mueca con la cabeza. El tipo cae en la cuenta y cierra el pico. Detrás de la 42 hay un pizarrón. “17 de Octubre: Día de la Lealtad”, escrito con tiza en letra de maestra de primaria. Me pregunto si esa inscripción no viola la veda. Podría ponerme a gritar “¡Voy a votar a [inserte nombre de candidato]!”, o usar una remera con el logotipo de alguno de los muchos pseudo-partidos políticos involucrados, y cuando la policía venga a reprenderme, objetaría: “Pueden acusarme de voto cantado. Pueden acusarme de romper la veda electoral. ¡Pero ese pizarrón peronista lo hizo primero!”.
Al fin es mi turno. La cerradura del salón que sirve de cuarto oscuro sigue rota, igual que hace dos años. “Tal cual lo dejé”. La arrimo por temor a no poder volver a abrirla y ser protagonista de un hecho bochornoso: “…Y en la escuela Nº 8 de Mar de Ajó, un muchacho se quedó encerrado en el cuarto oscuro porque la cerradura se rompió”, y una foto de mi cara en el Entre Líneas. De todos modos, un gendarme, o tal vez un policía con complejo de metiche pasa y al ver que la puerta no está del todo cerrada le da un buen tirón. “¡Bang!”. “¿Quién fue el boludo?” pienso, mientras trato de cortar una boleta en el borde de una mesa, que encima es redondeado el borde. Afuera se oyen aplausos. Seguro alguno que votó por primera vez, o algún viejo decrépito al que aplauden por si llega a ser la última. Yo trato de salir de allí. La manija gira, loca. “¡Fuerte tirá!”. Costó, pero anduvo. “Así, como macho”. Casi hago un comentario de comparación entre nuestra democracia y aquella cerradura del cuarto oscuro, pero no tengo ganas.
El siguiente paso es encontrar la cola correcta. Por miedo a ser señalado como un colado, me pongo en la más larga. Mi viejo –como de costumbre- se aviva antes que yo y pregunta. “Aquella es la 42”. Es más corta. Un par de metros detrás, sobre la calle de arena, un tipo con corte de pelo a la militar se baja y putea a los gritos a alguien que paró la camioneta en el medio. En la fila se escuchan murmullos y se ven caras de leve indignación: “¿Qué le pasa?” “Algunos están medio sacados…”. Mi hermano señala que lo acompaña toda la familia, encerrados en el auto, y que esa es la explicación a la neurosis del sujeto. Yo digo, sin temor a quedar como un prejuicioso, que ese tipo seguro va a votar a Patti.
El cielo está limpio y al acercarse el mediodía el sol pica. Por suerte la brisa marina atenúa la molestia. En la cola para votar siempre se encuentra a algún conocido. Por ahí otro Duarte con el hijo en brazos. Seguro lo dejan saltearse la fila, como viene con el nene. Encima, también plomero. Además, está el ex jugador de Racing y profesor de una escuelita de fútbol a la que asistimos hace años con mi hermano. Aunque nunca supimos por qué. Reconozco a alguien que iba al mismo colegio que yo, pero no lo saludo.
Al lado de la entrada, un cartel instructivo para votantes. Dice “no se pueden portar armas al votar” o algo por el estilo. Me pregunto si la tijera que algunos llevan para cortar boleta más fácil se considera un arma, pero descarto la idea con rapidez. Las tijeras no están concebidas para matar. Justo al lado, en la puerta, un gendarme jovencito luce un fusil semiautomático de un metro. Es el mismo pibe de hace dos años. Me pregunto si vota ahí, si vota en algún otro lugar, si vota en absoluto, si la regla que prohíbe portar armas también cuenta para él, si es necesario lucir un arma de guerra en una escuela durante unos comicios… Un arma de guerra. Un fusil. Concebido para matar. En una escuela. En pleno acto democrático…
La 42 es una fila corta pero avanza a velocidad de molusco. Junto a mí, un viejo –creo que de la 41- ojea la Viva. Se detiene en una entrevista a la Cicciolina. Hay una foto enorme de la ex diputada mostrando una teta. Otro viejo asoma la cabeza por encima de mi hombro para ver. Mientras, a mi derecha, en una cola de mujeres, le piden a un gendarme si dejan pasar a una mujer embarazada. El sol quema. La gitana luce una discreta panza. Lleva de la mano a una nena muy rubia. Con la otra sostiene un cigarrillo. Pasa.
Al fin me toca entrar. Del lado derecho del pasillo están las mesas. 40… 41… 42. Ahora la cola en la mesa es en sentido opuesto, o sea que quedo mirando a la entrada. Mi hermano y mi papá están detrás. Un viejo de camisa azul delante de mí entra al cuarto oscuro. En una mesa masculina cercana, un arrebatado protesta: “¿Qué hace esta chica acá?”. Un fiscal le hace una sutil mueca con la cabeza. El tipo cae en la cuenta y cierra el pico. Detrás de la 42 hay un pizarrón. “17 de Octubre: Día de la Lealtad”, escrito con tiza en letra de maestra de primaria. Me pregunto si esa inscripción no viola la veda. Podría ponerme a gritar “¡Voy a votar a [inserte nombre de candidato]!”, o usar una remera con el logotipo de alguno de los muchos pseudo-partidos políticos involucrados, y cuando la policía venga a reprenderme, objetaría: “Pueden acusarme de voto cantado. Pueden acusarme de romper la veda electoral. ¡Pero ese pizarrón peronista lo hizo primero!”.
Al fin es mi turno. La cerradura del salón que sirve de cuarto oscuro sigue rota, igual que hace dos años. “Tal cual lo dejé”. La arrimo por temor a no poder volver a abrirla y ser protagonista de un hecho bochornoso: “…Y en la escuela Nº 8 de Mar de Ajó, un muchacho se quedó encerrado en el cuarto oscuro porque la cerradura se rompió”, y una foto de mi cara en el Entre Líneas. De todos modos, un gendarme, o tal vez un policía con complejo de metiche pasa y al ver que la puerta no está del todo cerrada le da un buen tirón. “¡Bang!”. “¿Quién fue el boludo?” pienso, mientras trato de cortar una boleta en el borde de una mesa, que encima es redondeado el borde. Afuera se oyen aplausos. Seguro alguno que votó por primera vez, o algún viejo decrépito al que aplauden por si llega a ser la última. Yo trato de salir de allí. La manija gira, loca. “¡Fuerte tirá!”. Costó, pero anduvo. “Así, como macho”. Casi hago un comentario de comparación entre nuestra democracia y aquella cerradura del cuarto oscuro, pero no tengo ganas.
jueves, 18 de octubre de 2007
MEMORIA
Tú recuerdo vive en mi memoria,
Mi memoria vive de recuerdos.
Lo que fuimos es parte de nuestra memoria,
La nostalgia forma parte de la memoria.
Memoria por haber sido algo que no fuimos,
Memoria por aquellos que fueron.
Vivimos de los recuerdos del ayer.
Memoria de haber sido niño y jugar a ser hombre,
Memoria de haber amado y luego odiado.
¿Que es en verdad la memoria?
¿Es lo que solo deseamos recordar?
Los momentos buenos y malos,
Las metas cumplidas, los fracasos.
Los seres queridos que perdimos.
¡Memoria, memoria, memoria!
Vos sos uy serás parte de mí memoria.
No se si algún día tendré el valor,
No creo estar preparado para pensar en eso.
En que ya no estás y en que no estarás nunca más.
Y que hoy más que nunca sos parte de mi recuerdo,
Hoy eres tú, mí "memoria".
Autor: Exequiel Cáceres.
Mi memoria vive de recuerdos.
Lo que fuimos es parte de nuestra memoria,
La nostalgia forma parte de la memoria.
Memoria por haber sido algo que no fuimos,
Memoria por aquellos que fueron.
Vivimos de los recuerdos del ayer.
Memoria de haber sido niño y jugar a ser hombre,
Memoria de haber amado y luego odiado.
¿Que es en verdad la memoria?
¿Es lo que solo deseamos recordar?
Los momentos buenos y malos,
Las metas cumplidas, los fracasos.
Los seres queridos que perdimos.
¡Memoria, memoria, memoria!
Vos sos uy serás parte de mí memoria.
No se si algún día tendré el valor,
No creo estar preparado para pensar en eso.
En que ya no estás y en que no estarás nunca más.
Y que hoy más que nunca sos parte de mi recuerdo,
Hoy eres tú, mí "memoria".
Autor: Exequiel Cáceres.
lunes, 8 de octubre de 2007
“La muerte es seguro como la vida”
La dama negra o la pálida cara. Una tormenta de llanto o felicidad por lo que puede pasar en el más allá.
¿Se muere tal como se fue en el impas de la vida?
Algunas partidas son innecesarias y muy poco merecidas.
Muchas personas se van sufriendo, con lágrimas de ahogo en la cara, sintiendo la descamación de sus huesos, de su carne, rompiéndose, desangrándose, y solo quisieron intentar encontrar el camino hacia la felicidad y darle alegrías a otros, con el único objetivo de mostrarle los dientes a la vida y cambiar a este mundo podrido y triste.
Otros esperan bajarse del tren, pisar el freno, disfrazarse de lo que no son y esperar con muecas de deseo o de espanto a que les llegue el fin.
La muerte es el fin del trayecto de los años, es una etapa de más de la cadena natural existencial, es la conclusión de la vida, es un paso más que nos aleja de la tierra.
Cuando un ser querido parte nos queda una espina en el ojo, un hueco en el pecho, un sentimiento de angustia al saber que a nadie se lo puede reemplazar cuando juega el corazón, por más traicionero que este sea.
La muerte es ese paso que no podemos evitar saltear, es esa ficha que sabemos que en algún momento, preciso o no, va a caer en nuestro tablero y nos va a marcar Game Over, es esa tormenta que desata furia, rencor y una profunda soledad en el interior de los que alguna vez nos acompañaron en el camino.
La vida es un regalo que nosotros no elegimos, es un don que nuestros padres planearon, es el orgullo de traer a un nuevo ser al mundo.
Pasamos nueve meses dependiendo nada más que de esa persona, de ese ángel, al que luego le diremos Mamá. Más tarde nos chocamos con brazos fuertes que nos acarician y ese es Papá.
A largo de los pasos que vamos marcando en la alfombra nos complementamos con hermanos, con primos, con abuelos, con tíos. Las relaciones que vamos enfrentando pueden llegar a tornarse difíciles o no.
Después cosechamos amigos, maestros, conocidos. Más tarde pintamos corazones o escribimos nombres en código y nos damos cuenta de que nos llego el amor.
Y con el correr de los años volvemos a repetir la historia de nuestros ancestros, albergamos y protegemos a nuestros hijos cuando todavía no se puede defender y la historia vuelve a escribirse pero ahora con otros nombres y otras caras.
Siempre hay que sufrir para poder reír luego, nunca estamos del todo bien porque eso seria perfecto y la perfección en esta vida no existe, aunque siempre hay que buscarla.
Los sueños nos ayudan a intentar ser mejores, las ilusiones se van perdiendo, pero cuando se pierden nace un nuevo anhelo.
La muerte es tan segura como la vida. Si alguna vez nacemos quiere decir que también alguna vez vamos a partir.
Si en este momento estamos sentados leyendo, escuchando música o compartiendo un mate con amigos, es porque dos personas con sus defectos y virtudes lo decidieron, es porque un hombre le dio la mano a una mujer cuando supieron de nuestra existencia, es porque Mamá y Papá quisieron optar por nuestra vida.
Sabemos que alguna vez no nos van a ver más, sabemos que esa partida a un lugar desconocido no se puede cambiar, por eso cuando nos toque, y ojala que sea dentro de muchos años, recibamos a la muerte estando seguros de que valió la pena que dos personas del sexo opuesto apostaran por nosotros y salgamos a ganar en otro campo que aunque sea celeste cielo o gris aburrido es otra etapa que nos espera cuando cerremos definitivamente los ojos.
La dama negra o la pálida cara. Una tormenta de llanto o felicidad por lo que puede pasar en el más allá.
¿Se muere tal como se fue en el impas de la vida?
Algunas partidas son innecesarias y muy poco merecidas.
Muchas personas se van sufriendo, con lágrimas de ahogo en la cara, sintiendo la descamación de sus huesos, de su carne, rompiéndose, desangrándose, y solo quisieron intentar encontrar el camino hacia la felicidad y darle alegrías a otros, con el único objetivo de mostrarle los dientes a la vida y cambiar a este mundo podrido y triste.
Otros esperan bajarse del tren, pisar el freno, disfrazarse de lo que no son y esperar con muecas de deseo o de espanto a que les llegue el fin.
La muerte es el fin del trayecto de los años, es una etapa de más de la cadena natural existencial, es la conclusión de la vida, es un paso más que nos aleja de la tierra.
Cuando un ser querido parte nos queda una espina en el ojo, un hueco en el pecho, un sentimiento de angustia al saber que a nadie se lo puede reemplazar cuando juega el corazón, por más traicionero que este sea.
La muerte es ese paso que no podemos evitar saltear, es esa ficha que sabemos que en algún momento, preciso o no, va a caer en nuestro tablero y nos va a marcar Game Over, es esa tormenta que desata furia, rencor y una profunda soledad en el interior de los que alguna vez nos acompañaron en el camino.
La vida es un regalo que nosotros no elegimos, es un don que nuestros padres planearon, es el orgullo de traer a un nuevo ser al mundo.
Pasamos nueve meses dependiendo nada más que de esa persona, de ese ángel, al que luego le diremos Mamá. Más tarde nos chocamos con brazos fuertes que nos acarician y ese es Papá.
A largo de los pasos que vamos marcando en la alfombra nos complementamos con hermanos, con primos, con abuelos, con tíos. Las relaciones que vamos enfrentando pueden llegar a tornarse difíciles o no.
Después cosechamos amigos, maestros, conocidos. Más tarde pintamos corazones o escribimos nombres en código y nos damos cuenta de que nos llego el amor.
Y con el correr de los años volvemos a repetir la historia de nuestros ancestros, albergamos y protegemos a nuestros hijos cuando todavía no se puede defender y la historia vuelve a escribirse pero ahora con otros nombres y otras caras.
Siempre hay que sufrir para poder reír luego, nunca estamos del todo bien porque eso seria perfecto y la perfección en esta vida no existe, aunque siempre hay que buscarla.
Los sueños nos ayudan a intentar ser mejores, las ilusiones se van perdiendo, pero cuando se pierden nace un nuevo anhelo.
La muerte es tan segura como la vida. Si alguna vez nacemos quiere decir que también alguna vez vamos a partir.
Si en este momento estamos sentados leyendo, escuchando música o compartiendo un mate con amigos, es porque dos personas con sus defectos y virtudes lo decidieron, es porque un hombre le dio la mano a una mujer cuando supieron de nuestra existencia, es porque Mamá y Papá quisieron optar por nuestra vida.
Sabemos que alguna vez no nos van a ver más, sabemos que esa partida a un lugar desconocido no se puede cambiar, por eso cuando nos toque, y ojala que sea dentro de muchos años, recibamos a la muerte estando seguros de que valió la pena que dos personas del sexo opuesto apostaran por nosotros y salgamos a ganar en otro campo que aunque sea celeste cielo o gris aburrido es otra etapa que nos espera cuando cerremos definitivamente los ojos.
Mariana Vaira
jueves, 20 de septiembre de 2007
Lo dejo en tus manos
No hay una vida después de la muerte. La discusión sobre las almas que se debaten entre el cielo y el infierno, prefiero relegarla a los religiosos. La vida es un concepto demasiado terrenal como para sumarlo a la muerte, que significaría el final del ser material. Además, aunque tenga fe de que aún en la muerte hay una continuación de la vida, no me serviría de nada hoy; debería esperar a que me llegue la hora y mientras tanto permanecer, en la que yo considero, la vida concreta.
De todos modos, es inevitable considerar que tal vez la existencia se perpetúa en eso que dejamos de nosotros en los demás, eso que hacemos, mal o bien, que nos mantiene en el recuerdo a veces de muchos, otras de pocos ¿Es el renacimiento de Perón cada vez que aparece un libro o un documental nuevo sobre su personalidad, controvertida hasta hoy? También renace Queen en cada una de los tributos, o bien cada vez que ponemos play y dejamos sonar ese disco que ya tiene varios años, también el Che, Mariano Moreno, Marx y la lista sería interminable.
Tampoco quiero dar la impresión de que sólo las personalidades de la historia son únicas que nunca mueren. La gente “común” (como para darle un adjetivo), también sobrevive a la muerte pero de diferente manera, en los consejos del abuelo, los poemas que recitaba la abuela, en la ropa de mamá, que ahora se puso de moda de nuevo, en los cuentos que papá contaba para dormirme y que después se los contaré a mis hijos; y nuevamente la lista se vuelve infinita.
De ahí se desprende que la muerte es según, como la vida. Todo lo que hagamos por inmortalizarnos, será en vano sin el reconocimiento de los demás, que como seres humanos, somos inevitablemente sociales, y es ahí donde se manifiesta la existencia. Esa vida que continúa queda en manos de los otros, ya no podemos intervenir, pero de nosotros es el trabajo de advertir que es lo que nos gustaría dejar en sus manos.
De todos modos, es inevitable considerar que tal vez la existencia se perpetúa en eso que dejamos de nosotros en los demás, eso que hacemos, mal o bien, que nos mantiene en el recuerdo a veces de muchos, otras de pocos ¿Es el renacimiento de Perón cada vez que aparece un libro o un documental nuevo sobre su personalidad, controvertida hasta hoy? También renace Queen en cada una de los tributos, o bien cada vez que ponemos play y dejamos sonar ese disco que ya tiene varios años, también el Che, Mariano Moreno, Marx y la lista sería interminable.
Tampoco quiero dar la impresión de que sólo las personalidades de la historia son únicas que nunca mueren. La gente “común” (como para darle un adjetivo), también sobrevive a la muerte pero de diferente manera, en los consejos del abuelo, los poemas que recitaba la abuela, en la ropa de mamá, que ahora se puso de moda de nuevo, en los cuentos que papá contaba para dormirme y que después se los contaré a mis hijos; y nuevamente la lista se vuelve infinita.
De ahí se desprende que la muerte es según, como la vida. Todo lo que hagamos por inmortalizarnos, será en vano sin el reconocimiento de los demás, que como seres humanos, somos inevitablemente sociales, y es ahí donde se manifiesta la existencia. Esa vida que continúa queda en manos de los otros, ya no podemos intervenir, pero de nosotros es el trabajo de advertir que es lo que nos gustaría dejar en sus manos.
domingo, 9 de septiembre de 2007
La insoportable levedad del mundo
ESCENA TRÁGICA
Personajes:
La Madre
La hija
Doctor Kevin
El Diputado
Personajes:
La Madre
La hija
Doctor Kevin
El Diputado
Consultorio médico. La madre llega con su hija, que está embarazada y padece de retraso mental. Ingresan por la puerta, urgentes. Las recibe el doctor Kevin. El lugar no luce muy higiénico.
MADRE: Doctor, necesito pedirle un favor…
DOCTOR KEVIN: Yo no hago favores, señora.
MADRE: Le ruego me atienda. He notado el vientre hinchado de mi hija y he realizado que está embarazada. No sé cómo pudo suceder. La desdicha persigue a mi familia. Oh, doctor, le suplico utilice sus saberes tan bien adquiridos para evitar este nacimiento.
DOCTOR KEVIN: Yo no hago favores, señora.
MADRE: Por favor, doctor. Sólo mírela, pobrecita. (Sujeta la cara de la hija con una mano. La joven tiene la mirada perdida. Un hilo de baba le chorrea.) ¿No ve que está sufriendo?
DOCTOR KEVIN (Solemne): Le suplico me perdone, respetable dama, pero hay algo que debo confesarle: Yo soy el padre de ese niño.
MADRE: Si, ya sé. Todos, en tanto miembros de esta sociedad corrupta y egoísta, somos progenitores del hijo que espera mi niña, producto infame de un mundo infame.
DOCTOR KEVIN: No, señora, no me malinterprete. Soy el padre de ese niño, más allá de cualquier metáfora. (Se acerca un paso hacia la pareja.) ¡Y no estoy dispuesto a permitir que usted lo mate! (Se agacha y sujeta de las piernas a la muchacha. Instantáneamente, la madre la toma por los brazos.)
MADRE: ¡Suéltela, hombre horrendo!
Los dos comienzan a tirar de la chica hacia lados opuestos. Terminan por partirla en dos por la cintura, de modo tal que cada uno se queda con un pedazo. Las vísceras de la muchacha quedan esparcidas por el suelo, y abundante sangre mancha el decorado y a los dos personajes sobrevivientes. El feto queda tirado en el medio. Produce leves movimientos y tenues sonidos que señalan que aún está con vida.
DOCTOR KEVIN: Oh, mire lo que ha hecho. Por suerte me tocó la mejor parte, la única de real importancia. (Se quita los pantalones y hace lo propio con la mitad de cuerpo que quedó en su poder. De inmediato, comienza a amar convulsionadamente a la otrora niña.)
MADRE (Horrorizada): Ahhhhhhhh! (Cae fulminada.)
Ingresa a escena el Diputado, dando una vuelta carnero por una ventana. Luce una ancha bata marrón de forma triangular que le queda corta, de modo tal que se le alcanzan a ver los calzoncillos. El personaje mismo parece más una figura geométrica que un ser humano.
DIPUTADO (Corre hacia el centro del escenario. Se dirige al público, gritando): He venido para impedir, bajo toda circunstancia, que aquí se perpetre un hecho aberrante, un hecho –hombres, mujeres, homosexuales y lombrices solitarias del público– que atenta contra la vida misma, contra la civilidad de la República y contra la familia. Es un acto inmoral, que bajo ninguna perspectiva debe tener lugar en nuestra sociedad, una sociedad de derechos humanos, queridos compatriotas. Malditos aquellos a favor del aborto, porque se oponen al divino don de la vida que Dios nos dio y que es innegociable. Y también malditos aquellos en contra del aborto, por mezquinos e hipócritas, por egoístas y asesinos silenciosos. (Hace una pausa.)Ahora, díganmén: ¿En dónde está ese bebé? Verán que no es necesario acabar con la incipiente vida de un niño. Siempre se puede tenerlo, y si no se lo desea, pues entréguenlo a las autoridades. De inmediato será puesto en adopción, y tendrá la chance de que una pareja heterosexual amorosa –y, digámoslo ya, un poco frustrada por su infertilidad– le de un hogar. Aunque, es cierto, lo más probable es que crezca en alguna de nuestras instituciones. Si tiene suerte, no abusarán sexualmente de él hasta los ocho o nueve años, si no se escapa antes. Entonces, ¿y el niño?
DOCTOR KEVIN (Continuando su cópula): Mucho me temo, oh, ilustre Diputado, que, ah, usted ha pisado al feto-ohhhhh (Termina la frase en un orgasmo.)
DIPUTADO: Oh… Bueno…Esto es asqueroso… ¿No tendría una servilleta de papel? (El doctor Kevin le entrega una y el Diputado prosigue a limpiarse el zapato con el que aplastó al bebé) Gracias. Ahora debo rajarme, la policía no tardará en llegar.
El diputado sale de escena por la misma ventana de antes, dando una vuelta carnero. El doctor Kevin sale corriendo por la puerta al mismo tiempo que intenta ponerse los pantalones. Las luces se atenúan. En la oscuridad se llega a percibir a la madre elevando con dificultad la cabeza del suelo. Mira aturdida el escenario y vuelve a caer, muerta al fin.
MADRE: Doctor, necesito pedirle un favor…
DOCTOR KEVIN: Yo no hago favores, señora.
MADRE: Le ruego me atienda. He notado el vientre hinchado de mi hija y he realizado que está embarazada. No sé cómo pudo suceder. La desdicha persigue a mi familia. Oh, doctor, le suplico utilice sus saberes tan bien adquiridos para evitar este nacimiento.
DOCTOR KEVIN: Yo no hago favores, señora.
MADRE: Por favor, doctor. Sólo mírela, pobrecita. (Sujeta la cara de la hija con una mano. La joven tiene la mirada perdida. Un hilo de baba le chorrea.) ¿No ve que está sufriendo?
DOCTOR KEVIN (Solemne): Le suplico me perdone, respetable dama, pero hay algo que debo confesarle: Yo soy el padre de ese niño.
MADRE: Si, ya sé. Todos, en tanto miembros de esta sociedad corrupta y egoísta, somos progenitores del hijo que espera mi niña, producto infame de un mundo infame.
DOCTOR KEVIN: No, señora, no me malinterprete. Soy el padre de ese niño, más allá de cualquier metáfora. (Se acerca un paso hacia la pareja.) ¡Y no estoy dispuesto a permitir que usted lo mate! (Se agacha y sujeta de las piernas a la muchacha. Instantáneamente, la madre la toma por los brazos.)
MADRE: ¡Suéltela, hombre horrendo!
Los dos comienzan a tirar de la chica hacia lados opuestos. Terminan por partirla en dos por la cintura, de modo tal que cada uno se queda con un pedazo. Las vísceras de la muchacha quedan esparcidas por el suelo, y abundante sangre mancha el decorado y a los dos personajes sobrevivientes. El feto queda tirado en el medio. Produce leves movimientos y tenues sonidos que señalan que aún está con vida.
DOCTOR KEVIN: Oh, mire lo que ha hecho. Por suerte me tocó la mejor parte, la única de real importancia. (Se quita los pantalones y hace lo propio con la mitad de cuerpo que quedó en su poder. De inmediato, comienza a amar convulsionadamente a la otrora niña.)
MADRE (Horrorizada): Ahhhhhhhh! (Cae fulminada.)
Ingresa a escena el Diputado, dando una vuelta carnero por una ventana. Luce una ancha bata marrón de forma triangular que le queda corta, de modo tal que se le alcanzan a ver los calzoncillos. El personaje mismo parece más una figura geométrica que un ser humano.
DIPUTADO (Corre hacia el centro del escenario. Se dirige al público, gritando): He venido para impedir, bajo toda circunstancia, que aquí se perpetre un hecho aberrante, un hecho –hombres, mujeres, homosexuales y lombrices solitarias del público– que atenta contra la vida misma, contra la civilidad de la República y contra la familia. Es un acto inmoral, que bajo ninguna perspectiva debe tener lugar en nuestra sociedad, una sociedad de derechos humanos, queridos compatriotas. Malditos aquellos a favor del aborto, porque se oponen al divino don de la vida que Dios nos dio y que es innegociable. Y también malditos aquellos en contra del aborto, por mezquinos e hipócritas, por egoístas y asesinos silenciosos. (Hace una pausa.)Ahora, díganmén: ¿En dónde está ese bebé? Verán que no es necesario acabar con la incipiente vida de un niño. Siempre se puede tenerlo, y si no se lo desea, pues entréguenlo a las autoridades. De inmediato será puesto en adopción, y tendrá la chance de que una pareja heterosexual amorosa –y, digámoslo ya, un poco frustrada por su infertilidad– le de un hogar. Aunque, es cierto, lo más probable es que crezca en alguna de nuestras instituciones. Si tiene suerte, no abusarán sexualmente de él hasta los ocho o nueve años, si no se escapa antes. Entonces, ¿y el niño?
DOCTOR KEVIN (Continuando su cópula): Mucho me temo, oh, ilustre Diputado, que, ah, usted ha pisado al feto-ohhhhh (Termina la frase en un orgasmo.)
DIPUTADO: Oh… Bueno…Esto es asqueroso… ¿No tendría una servilleta de papel? (El doctor Kevin le entrega una y el Diputado prosigue a limpiarse el zapato con el que aplastó al bebé) Gracias. Ahora debo rajarme, la policía no tardará en llegar.
El diputado sale de escena por la misma ventana de antes, dando una vuelta carnero. El doctor Kevin sale corriendo por la puerta al mismo tiempo que intenta ponerse los pantalones. Las luces se atenúan. En la oscuridad se llega a percibir a la madre elevando con dificultad la cabeza del suelo. Mira aturdida el escenario y vuelve a caer, muerta al fin.
Telón.
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