lunes, 29 de octubre de 2007

Postal: Elecciones 2007

Desde la puerta de la escuela se prolongan varias colas que llegan hasta la calle. Me dispongo a ayudar a mi viejo a encontrar en qué mesa vota. Mi hermano y yo ya lo sabemos: la 42. Habíamos chequeado por mensaje de texto. En una pared a la izquierda de la entrada hay pegados algunos padrones. En ninguno figura. Tardamos un poco en descubrir que en otra pared, a la derecha de la puerta y a 45 grados, hay más padrones, pese a que la otra tiene todo el lugar del mundo para alojar a todos. Ahí está: “Duarte, Javier Iván. Mesa 42”. Por las dudas chequeo a ver si la información vía mensaje de texto del Ministerio del Interior es correcta y yo también tengo que votar en la 42. “Duarte, Ezequiel Juan”. Bueno, parece que la burocracia insiste en cambiarme el nombre. Mi consuelo es que “Iván” es el ruso de “Juan”, así que en esencia es lo mismo.
El siguiente paso es encontrar la cola correcta. Por miedo a ser señalado como un colado, me pongo en la más larga. Mi viejo –como de costumbre- se aviva antes que yo y pregunta. “Aquella es la 42”. Es más corta. Un par de metros detrás, sobre la calle de arena, un tipo con corte de pelo a la militar se baja y putea a los gritos a alguien que paró la camioneta en el medio. En la fila se escuchan murmullos y se ven caras de leve indignación: “¿Qué le pasa?” “Algunos están medio sacados…”. Mi hermano señala que lo acompaña toda la familia, encerrados en el auto, y que esa es la explicación a la neurosis del sujeto. Yo digo, sin temor a quedar como un prejuicioso, que ese tipo seguro va a votar a Patti.
El cielo está limpio y al acercarse el mediodía el sol pica. Por suerte la brisa marina atenúa la molestia. En la cola para votar siempre se encuentra a algún conocido. Por ahí otro Duarte con el hijo en brazos. Seguro lo dejan saltearse la fila, como viene con el nene. Encima, también plomero. Además, está el ex jugador de Racing y profesor de una escuelita de fútbol a la que asistimos hace años con mi hermano. Aunque nunca supimos por qué. Reconozco a alguien que iba al mismo colegio que yo, pero no lo saludo.
Al lado de la entrada, un cartel instructivo para votantes. Dice “no se pueden portar armas al votar” o algo por el estilo. Me pregunto si la tijera que algunos llevan para cortar boleta más fácil se considera un arma, pero descarto la idea con rapidez. Las tijeras no están concebidas para matar. Justo al lado, en la puerta, un gendarme jovencito luce un fusil semiautomático de un metro. Es el mismo pibe de hace dos años. Me pregunto si vota ahí, si vota en algún otro lugar, si vota en absoluto, si la regla que prohíbe portar armas también cuenta para él, si es necesario lucir un arma de guerra en una escuela durante unos comicios… Un arma de guerra. Un fusil. Concebido para matar. En una escuela. En pleno acto democrático…
La 42 es una fila corta pero avanza a velocidad de molusco. Junto a mí, un viejo –creo que de la 41- ojea la Viva. Se detiene en una entrevista a la Cicciolina. Hay una foto enorme de la ex diputada mostrando una teta. Otro viejo asoma la cabeza por encima de mi hombro para ver. Mientras, a mi derecha, en una cola de mujeres, le piden a un gendarme si dejan pasar a una mujer embarazada. El sol quema. La gitana luce una discreta panza. Lleva de la mano a una nena muy rubia. Con la otra sostiene un cigarrillo. Pasa.
Al fin me toca entrar. Del lado derecho del pasillo están las mesas. 40… 41… 42. Ahora la cola en la mesa es en sentido opuesto, o sea que quedo mirando a la entrada. Mi hermano y mi papá están detrás. Un viejo de camisa azul delante de mí entra al cuarto oscuro. En una mesa masculina cercana, un arrebatado protesta: “¿Qué hace esta chica acá?”. Un fiscal le hace una sutil mueca con la cabeza. El tipo cae en la cuenta y cierra el pico. Detrás de la 42 hay un pizarrón. “17 de Octubre: Día de la Lealtad”, escrito con tiza en letra de maestra de primaria. Me pregunto si esa inscripción no viola la veda. Podría ponerme a gritar “¡Voy a votar a [inserte nombre de candidato]!”, o usar una remera con el logotipo de alguno de los muchos pseudo-partidos políticos involucrados, y cuando la policía venga a reprenderme, objetaría: “Pueden acusarme de voto cantado. Pueden acusarme de romper la veda electoral. ¡Pero ese pizarrón peronista lo hizo primero!”.
Al fin es mi turno. La cerradura del salón que sirve de cuarto oscuro sigue rota, igual que hace dos años. “Tal cual lo dejé”. La arrimo por temor a no poder volver a abrirla y ser protagonista de un hecho bochornoso: “…Y en la escuela Nº 8 de Mar de Ajó, un muchacho se quedó encerrado en el cuarto oscuro porque la cerradura se rompió”, y una foto de mi cara en el Entre Líneas. De todos modos, un gendarme, o tal vez un policía con complejo de metiche pasa y al ver que la puerta no está del todo cerrada le da un buen tirón. “¡Bang!”. “¿Quién fue el boludo?” pienso, mientras trato de cortar una boleta en el borde de una mesa, que encima es redondeado el borde. Afuera se oyen aplausos. Seguro alguno que votó por primera vez, o algún viejo decrépito al que aplauden por si llega a ser la última. Yo trato de salir de allí. La manija gira, loca. “¡Fuerte tirá!”. Costó, pero anduvo. “Así, como macho”. Casi hago un comentario de comparación entre nuestra democracia y aquella cerradura del cuarto oscuro, pero no tengo ganas.

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