Leila sabia que le costaba ir a la escuela, pero su beca la había llevado hasta allí. Era de una mente que se acostumbro a plantear soluciones de la nada, lo que la hacia una muchacha determinada y por sobre todo, práctica. Le molestaba pensarlo pero sabía que su hermano le tenía envidia por concurrir a la escuela a la que iba. Menor que él, le tenía una admiración especial. Su madre orgullosa de la buena fortuna de lo que su hija logró, preparaba el desayuno con aires de esperanza. Difícil en llamarlo desayuno ya que era pan viejo tostado con una vaso de leche diluida con mas que un poco de agua para que alcance para los demás. El panadero que conocía a la familia les apartaba especialmente el pan que ya no iba a ser vendido. Esta era una entre las tantas ocurrencias que tenía una madre combativa para extender la falta de Leila le dolía el ir al colegio no sólo porque sentía que no encajaba en ese ambiente de hijo consentido y de familia acomodada, sino porque no podría su hermano acompañarla ni asistir. El no era del tipo que demuestra sus sentimientos a escueta percepción pero si daba a entender las cosas que le parecían importantes comunicar, y con su hermana tenía una fascinación yuxtapuesta de suficiencia. Su añeja ropa demostraba la verdadera humildad económica que poseía este seno familiar aunque ya estimaba en sus pensamientos ambiciones decisivas.
Parecía el ojo de un gato, no constantemente parpadeante aunque sí como una sombra, siempre fija y sin notar su presencia. Sus hombros contraídos, su cara denotaba morderse los dientes, no se movía. De una paciencia fingida, temblaba su cuello, como un niño esperando desconsoladamente a sus padres. Estaba en un cuarto oscuro, redondo, de una pared de ladrillos que daban la sensación de no terminar su continuidad e imposibles a simple vista de contarlos. En su mente se hallaban agudas introspecciones de lo que sucedería, esperó hasta las doce de la noche, porque sabía que lo acontecería el compás del reloj, cuando sus parpados resolvieron en dormir ya del cansancio de la espera. Se alejaba del mundo estático al anhelado, sin variantes, con un consuelo que lo llenaba de dicha pero a pesar de sentirlo tan sereno, comenzaba a crecer desde las profundidades de todas estas reconfortantes sensaciones una aflicción que pronto se trasmutaba en desasosiego.
Se retorcía, giraba su cabeza a ambos costados, sudaba en frío, exaltado y de apariencia febril. Intentaba despertarse pero le era casi inaccesible, sus brazos severos al cuerpo lo paralizaban aún más. De manera convulsionada trató con una fuerza interna jamás experimentada de lograr apartarse de toda inquietud existente.
Saliendo del colegio, ansiosa y de aspecto radiante, se fue para averiguar el trabajo que le había conseguido a su hermano. Entró al locutorio cercano de donde estaba y deseosa de buenas nuevas, marcó el número telefónico. No quería dar mala impresión, por eso mientras esperaba a que la atendiesen, practicaba una voz de mujer adulta. Cuando había terminado la conversación, todavía su mente recapacitaba en los requisitos que le había consignado para la obtención del empleo. No eran disparatadas, aunque sí particulares. Ella sabía que su hermano necesitaba el trabajo ya que la escuela la había dejado para la subsistencia del hogar. No alcanzaban las cosas para todos y aunque se estirasen algunas ellas, en esta oportunidad sería rentable para la familia y sobre todo para él. Ella lo tenía en sus preocupaciones, por eso mismo decidió ser ella quien le halle lo que tanto le estaba costando tener. Los vaivenes que ha padecido han torturado el espíritu de su hermano. Despedido o renunciando de aquí, de allá. No por mal desempeño. No por mala conducta ni por flojedad. El no encontraba lo que buscaba. Que pasaría en este nuevo trabajo, se preguntaba Leila con incertidumbre.
El no titubeó, le vino en buen momento. Ya no tendría que presentarse para servir café en el hipódromo. Así que se dispuso en presentarse ni bien ella buscase el papel donde había escrito la dirección en su mochila toda abultada de cuadernos, libros y diccionarios. Ya estando oyéndola a su hermana diciendo los requisitos de la ocupación que ejercería, que no vio como amenazadores, sino de una persona que era adinerada y tenía pretensiones específicas, fue a su cuarto y se preparó para el encuentro. Según le había dicho su hermana que el trabajo era temporal, pero que eso se vería, ya que quien la atendió parecía con ansias de que se la reemplace. La charla se había extendido porque esta señora parecía necesitar desahogarse verbalmente y Leila que no era desconsiderada ni grosera, la había escuchado atentamente.
Yéndose de su casa con una imagen prolija, se percató que el trayecto hacia la residencia sería largo y que algo no comúnmente se concebía en su interior que le daba la seguridad de ir a este lugar.
Sin admitirlo, pero instintivamente habría sido como él pensaba. No era la primera vez pero se atenuaba cada instancia de peor manera. Despierto pero en su pecho quedaban remembranzas de lo que ayer lo hundió en un sueño de agonía. Su visión de hombre adulto lo ponía en una encrucijada que lo fastidiaba en aceptar que llevaba una añoranza imposible de ocultar. Y lo que le resultaba aún peor, de no poder ocultarlo de sí mismo. El no justificaba. Comprenderlo conllevaba a saberlo. Violeta ya no estaba. Su cuerpo padecía el dolor que su espíritu quebrantado sentía pero que su mente lo negaba. En la espera inconsciente de su vuelta comenzaba el diluvio de sus emociones. Hasta contrarrestar en un malestar psicofísico. Ya no aguantaría más, por eso ahora la espera era otra, un soporte, una compañía. Tocaron el timbre de su casa, fue con su paso lento pero calmado. Su pesar no era el mismo, no sería el mismo. Abrió la puerta y le dijo a la persona: _Te estaba esperando, entra. El muchacho de forma tímida contempló el lugar y al hombre. Su necesidad era acompañada de una admiración peculiar. El hombre le mostró un libro y le dijo con impaciencia: Tu trabajo, lee en voz alta.
jueves, 19 de julio de 2007
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