jueves, 19 de julio de 2007

Ni bárbaro, ni cililizado.

Ni bárbaro ni civilizado.
Lo acosaba la idea, mientras estaba en el funeral de que no lo había conocido suficiente, John apenas tenía un leve recuerdo de su abuelo de cuando aún era muy pequeño y le recitaba los poemas de aquel gaucho matrero, Martín Fierro.
El era un joven ingles, de 23 años, delgado, alto, tez pálida, pero por sobre todas las cosas muy refinado, recibido con los mejores honores de la universidad de Oxford. Había partido desde Inglaterra hace dos días atrás hacia Argentina para de despedir los restos del anciano.
El difunto no lo producía ningún tipo de sentimiento, no lo hacía por este, sino por su padre, quien le habló durante toda su infancia sobre las aventuras de aquel hombre robusto, moreno, del campo.
A pesar de escuchar atentamente las historias que su progenitor le relataba sobre el abuelo, en su interior no soportaba la idea de ser descendiente de “salvajes” e ignorantes, mestizos latinos: Su “asco” aumentaba cuando sus compañeros de estudios se burlaban de él al tratarlo con cierta inferioridad.
Esos recuerdos volvieron a su mente esa tarde, mientras transcurrían las horas en aquel sepelio de la calle Libertad, al mismo tiempo observaba a sus parientes lejanos que lo miraban con cierto recelo desde que llegó al lugar, aquellos fueron unos instantes de cruces de miradas que se tornaron angustiantes y eternos.
En esa especie de tención que se generó apareció de la nada ante los ojos claros de John, la figura de una anciana de estatura mediana, de cara pálida, con ojos hinchados, revelaban horas de llanto.
No hizo falta que la mujer de edad avanzada revelara su identidad para que se diera cuenta que era su abuela paterna; la viuda del difunto, que lo exploraba de arriba abajo, buscando en ese hombre al pequeño de tres años, que tiempo que no veía.
Se observaron un rato largo en silencio hasta que ella con acento cordobés lo invitó a quedarse en su casa durante su estadía para que no tuviera la necesidad de pagar ningún hotel.
John tenía un buen pasar económico, podía elegir entre los mejores alojamientos, pero al ver tanta tristeza que brotaba de la cara de esa mujer terminó aceptando. Esa misma tarde luego del entierro fueron ambos hasta lo que fue unos días atrás fue el hogar del difunto.
Cuando entró a la casa le fue ajeno y extraño todo lo que veía en ella, acostumbrado a ver en Londres las paredes de las viviendas decoradas con arabalescos y flores, muebles al estilo provenzal y alacenas Luis xv, que guardaban en su interior estatuillas de porcelana china.
En cambio allí solo había una salamandra gastada por el paso del tiempo, herraduras colgadas en las paredes y una colección de mates de plata ubicados en una repisa. Sin embargo lo que le llamó la atención fueron las fotos del viejo en el campo.
Tuvo ganas de preguntarle donde habían sacado esas imágenes, pero luego pensó que era entrometerse con cosas que no era de su incumbencia e incluso que eran inferiores a él.
La vieja al ver la ansiedad que tenía por preguntar, para apresurar ese tiempo tedioso, se destinó a darles las llaves del altillo y le dijo.
-ve arriba conócelo realmente como era para que ya nunca más te guíes por lo que ten han dicho alguna vez, él ha esperó mucho este momento, lástima que no pudo verte.
John la miró sorprendido, en ese momento sintió que la mujer le había leído el pensamiento, hasta llegó a pensar que era bruja, pero esa “loca” idea se borro de su mente porque un joven como él con conocimientos científicos, con ideales de la ilustración donde las experiencias no se basan más que en la razón, no podía terminar cayendo en creencias populares, vulgares e irracionales que provenían de los de “abajo”.
Mientras pensaba todo esto subía las escaleras que daban con el altillo. Allí el ambiente olía a campo, era un rejunte de cosas que parecían contar una historia mucho más vieja que su abuelo.
Entre todos los objetos solo uno lo atrapó por completo, un cofre viejo, sucio, forrado con cuero grueso. Cuando lo abrió no imaginó encontrar libros y por ello rió para sus adentros. Le pareció raro que un hombre acostumbrado a ordeñar vacas, montar caballos, terminara leyendo libros, porque según él eso era solo para los letrados.
Tomó un libro, sintió que era pesado, sus hojas estaban tenidas de un amarillo amarronado por el paso del tiempo.
Abrió al azar en la página 35 y comenzó a leer Civilización –Barbarie escrito por Domingo Faustino Sarmiento, el relato se tornó interesante, imaginaba la historia de aquel hombre que luchó contra la tiranía de algunos entremezclado con los bárbaros.
Pero en determinado momento de la lectura, le llamó la atención esta frase. “es ley de la humanidad que los interés nuevos, las ideas fecundas, el progreso triunfen al fin en las tradiciones envejecidas de los hábitos ignorantes”.Al costado el viejo anotó un comentario sobre ello “ estos hombres buscaban que el pueblo olvidara su memoria para convertirse en una imitación de la vida europea”.
Sin mayor importancia lo dejó y comenzó a leer otro, esta vez era una crítica de Juan B.Alberdi hacia la obra citada anteriormente. Esta última comenzó hacerle ruido en su cabeza , no entendía como este autor estimara con tanta crueldad las veracidades de Sarmiento, por ejemplo cuando expresó “la tribu de la Pampa está organizada mejor que nuestras campañas para el desarrollo moral”.
Siguió un poco más y se detuvo en otra frase, este vez resaltada con lápiz, “ delante del poder irresponsable se alzó la Libertad omnímoda y se quiso remediar el despotismo del atraso con el despotismo del progreso: la violencia con la violencia”.John entonces se preguntó al respecto ¿ la civilización es sinónimo de bestialidad?.
Continuó con muchos otros párrafos similares pero no pudo comprender aquellas anotaciones del abuelo y peor aún el por qué de la fiereza de aquél escritor. Pero su pensamiento cambió cuando descubrió entre esas palabras escritas la siguiente frase: " San Martín fue oficial de gauchos, jefe de caballería que se componía de campesinos y no de zapateros y sastres”
Al igual que las anteriores veces su abuelo apuntaba: “ la Argentina se construyó de la gente de su tierra, de los que conocían sus sierras pampeanas y no de europeos con costumbres distintas, ajenas a las nuestras”.
Al hojear estas últimas tuvo rabia y tiró los libros contra la pared. Sin embargo se interesó por el último manuscrito que se encontraba en el cofre, esta vez se trataba de un poema –muy familiar para él- que narraba la historia de un gaucho que por culpa de los intereses de la oligarquía se despojó de lo más apreciable que puede tener un ser humano la familia, tierras y amigos, para luego ser un matrero. Sintió pena por el protagonista.
Ahora sus sentimientos de tristeza se mezclaron con cierta irritación hacia los que se decían que traían progreso al deletrear estas palabras:
“todo se vuelven proyectos
de colonias y carriles
y tiran la plata a miles
en los gringos enganchaos,
mientras al pobre soldado
le la chaucha, ¡ah viles!
Para John la lectura se volvió dificultosa por su lenguaje gauchesco, sin embargo lo ayudó a entender mejor las notas, citas de su abuelo que había hecho en cuanto espacios libres encontraba. Además esto también reforzó a entender las elecciones de vida, de su antepasado.
De esta manera concluyó que los bárbaros no eran tan bárbaros y que los civilizados no eran tan civilizados.

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