(Taller de comprensión y producción de textos II
Consigna: Redactar un cuento que incluya algunos de los personajes de los textos vistos en clase.
Autor: DUARTE, Ezequiel Iván)
Esa mañana, Adán Buenosayres entraría por última vez a esa vieja posada de madera, perdida en alguno de los caminos que llevan a la Patagonia, o que, tal vez, ya estuviera inmersa en territorios pertenecientes a la indómita región.
Como lo había hecho las nueve últimas alboradas, se sentó junto a una ventana para poder observar el desierto y la abrió para percibir los aromas que el proverbial viento arrastraba con violencia, pero sólo un poco, porque era invierno y el frío ardía. Dirigió su mirada al mostrador e hizo una seña para que le trajeran el café. Luego volvió su cabeza y fijó su mirada taciturna en el horizonte.
Silvio Astier, mozo joven de ojos viejos, le sirvió la amarga bebida y los terrones de azúcar.
- Usted me garantiza que esto es café, pero yo le aseguro que un poco de agua hervida mezclada con la cantidad adecuada de humus tendría similar textura, aroma y sabor – le dijo al muchacho con una mueca de sonrisa, tras dar el primer sorbo.
- Es el mismo café de siempre – contestó, escueto, inexpresivo, Astier.
- Es que hoy a la noche parto, y quería llevar conmigo el mejor recuerdo de este lugar – sonrió de forma aún más notoria, aún más amable, Buenosayres. El mozo no pudo evitar devolverle el gesto.
La posada estaba casi vacía a esa hora. La única excepción, aparte de Adán, Silvio y el dueño del establecimiento, era una muchacha, sentada, al igual que el viejo poeta, junto a un cristal, pero en la esquina opuesta de la habitación. Estaba allí desde muy temprano (desde antes que Astier llegara), y hacía rato que su taza ya no despedía pequeñas nubes de vapor, como ahora lo hacía la de Adán Buenosayres, dibujando efímeros fantasmas en la apenas tibia atmósfera del lugar.
El muchacho sintió curiosidad. Con los antebrazos apoyados en la barra, la observaba. Ella parecía no notar la inquisidora mirada; sus ojos agachados, perdidos en la mesa de pino, en la taza de café incompleta, en sí mismos. Hasta que, sin previo aviso, alzó la cabeza y lo miró fijo. Tenía que pasar. Lejos de intimidarse, Astier, desafiante, le sostuvo la mirada. Penetró en sus ojos grises, cansados, agonizantes. Se vio reflejado como en un espejo de agua, algo verdoso, ondeante. Por un instante, la mujer percibió un brillo en los ojos de él, pero se horrorizó al pensar que tal vez fueran sus propios ojos. A lo lejos, el poeta los observaba con atención, la cabeza levemente inclinada hacia abajo, los ojos forzados hacia arriba. Ella bajó la vista, se puso de pie, tomó su chal del respaldo de la silla que apenas rechinó, y salió. Silvio rodeó el mostrador y la siguió.
Adán Buenosayres pidió otro café, aunque esta vez tuvo que alzar su voz para que lo oyera el dueño de la posada, distraído mientras leía algo (quizás el diario, quizás un folletín) en la barra, ajeno a lo que ocurría a su alrededor. El hombre, de esponjoso cabello canoso (“como el pastizal de este lugar cada mañana, después de la helada”, asoció Buenosayres, para de inmediato avergonzarse un poco de una comparación que consideró vulgar), no tardó en dejarle el “brebaje” (así lo llamaba, con sorna, el poeta, pero sólo para sus adentros) en la mesa.
El poeta colocó dos de los cubos dulces en la taza y comenzó a revolver despacio, con movimiento circular, en el sentido de las agujas del reloj. Miraba los vahos de vapor saliendo del café. Pensó en el mozo y en la muchacha, y sus ojos se llenaron de humedad, y su garganta se congestionó. Entrecerró la vista, y las formas espectrales ante él le sugirieron un poema y un personaje conocidos. Vio a aquél gaucho despojado, solo, desnudo, en un lugar que podría haber sido ése en el que él se encontraba ahora bebiendo y oliendo barro, aunque mucho tiempo antes de que esa posada existiera, cuando todavía se luchaba contra el indio.
Martín Fierro dijo:
La posada estaba casi vacía a esa hora. La única excepción, aparte de Adán, Silvio y el dueño del establecimiento, era una muchacha, sentada, al igual que el viejo poeta, junto a un cristal, pero en la esquina opuesta de la habitación. Estaba allí desde muy temprano (desde antes que Astier llegara), y hacía rato que su taza ya no despedía pequeñas nubes de vapor, como ahora lo hacía la de Adán Buenosayres, dibujando efímeros fantasmas en la apenas tibia atmósfera del lugar.
El muchacho sintió curiosidad. Con los antebrazos apoyados en la barra, la observaba. Ella parecía no notar la inquisidora mirada; sus ojos agachados, perdidos en la mesa de pino, en la taza de café incompleta, en sí mismos. Hasta que, sin previo aviso, alzó la cabeza y lo miró fijo. Tenía que pasar. Lejos de intimidarse, Astier, desafiante, le sostuvo la mirada. Penetró en sus ojos grises, cansados, agonizantes. Se vio reflejado como en un espejo de agua, algo verdoso, ondeante. Por un instante, la mujer percibió un brillo en los ojos de él, pero se horrorizó al pensar que tal vez fueran sus propios ojos. A lo lejos, el poeta los observaba con atención, la cabeza levemente inclinada hacia abajo, los ojos forzados hacia arriba. Ella bajó la vista, se puso de pie, tomó su chal del respaldo de la silla que apenas rechinó, y salió. Silvio rodeó el mostrador y la siguió.
Adán Buenosayres pidió otro café, aunque esta vez tuvo que alzar su voz para que lo oyera el dueño de la posada, distraído mientras leía algo (quizás el diario, quizás un folletín) en la barra, ajeno a lo que ocurría a su alrededor. El hombre, de esponjoso cabello canoso (“como el pastizal de este lugar cada mañana, después de la helada”, asoció Buenosayres, para de inmediato avergonzarse un poco de una comparación que consideró vulgar), no tardó en dejarle el “brebaje” (así lo llamaba, con sorna, el poeta, pero sólo para sus adentros) en la mesa.
El poeta colocó dos de los cubos dulces en la taza y comenzó a revolver despacio, con movimiento circular, en el sentido de las agujas del reloj. Miraba los vahos de vapor saliendo del café. Pensó en el mozo y en la muchacha, y sus ojos se llenaron de humedad, y su garganta se congestionó. Entrecerró la vista, y las formas espectrales ante él le sugirieron un poema y un personaje conocidos. Vio a aquél gaucho despojado, solo, desnudo, en un lugar que podría haber sido ése en el que él se encontraba ahora bebiendo y oliendo barro, aunque mucho tiempo antes de que esa posada existiera, cuando todavía se luchaba contra el indio.
Martín Fierro dijo:
“Junta esperencia en la vida
Hasta pa dar y prestar
Quien la tiene que pasar
Entre sufrimiento y llanto;
Porque nada enseña tanto
Como el sufrir y el llorar.”
Hasta pa dar y prestar
Quien la tiene que pasar
Entre sufrimiento y llanto;
Porque nada enseña tanto
Como el sufrir y el llorar.”
La mujer se sentó en un banco, junto a la puerta de entrada. El cielo era de un celeste muy opaco, señal de que el sol aún se encontraba muy bajo en el horizonte. Silvio se sentó junto a ella, pero lejos, en el lado opuesto del taburete.
- ¿Qué te trajo por acá? – preguntó él.
- Lo mismo que a vos.
- Es inútil, entonces…
Ella permaneció en silencio.
- …huir.
Ella insistió en su silencio.
Se miraron a los ojos otra vez. Astier encontró de nuevo el espejo líquido, gris, sombrío, y sus ojos se llenaron de humedad, y su garganta se congestionó. De pronto ya no se sintió tan solo. Eso le provocó una leve sensación, como de alegría, de alivio, pero ese solaz era horrible, consuelo que proviene del sentimiento de saber que alguien más sufre igual o más que uno. Ella dejó de observarlo y se levantó. Iba a su habitación.
De los ojos de Silvio salieron dos lágrimas. Bajaron suaves por las mejillas, se frenaron un poco con la incipiente barba pero sólo para tomar envión y correr por su cuello para perderse entre la ropa, casi detenerse en las clavículas pero otra vez nada más que para acelerar, encontrarse en el pecho, abrazarse y evaporarse, volar, morir. Emma Zunz ya no podía.
El mozo intentó secarse el rostro con las manos y volvió a la posada. El cielo, diáfano, ahora brillaba celeste. La luz del sol alcanzaba con furia el frente de la posada, entraba por las ventanas, inundaba de amarillo a las mesas de pino, a la barra, a Adán Buenosayres, que continuaba viendo el fantasma de Fierro (aunque ahora se desvanecía porque los fantasmas necesitan de la oscuridad para aparecer, y la luz limonada de la mañana ya tocaba al poeta, a su café) que hablaba con él sin esperar respuesta, que luchaba contra el indio y contra los pequeños detalles de su destino, porque sabía que había algo más profundo contra lo que no podía luchar (contra lo que no se puede luchar), un destino último, una esencia.
Martín Fierro dijo (o repitió):
“Y ricuerde cada cual
Lo que cada cual sufrió,
Que lo que es, amigo, yo,
Hago ansí la cuenta mía:
Ya lo pasado pasó,
Mañana será otro día.”
Lo que cada cual sufrió,
Que lo que es, amigo, yo,
Hago ansí la cuenta mía:
Ya lo pasado pasó,
Mañana será otro día.”
1 comentario:
No lo leí completo, Eze. Pero ver el texto aquí es una fiesta y ya me regocigo pensando qué me voy a encontrar.
Griselda
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