Esta es una historia que se cuenta en mi pueblo, una de esas que los abuelos repiten y repiten y uno, aunque ya las conoce de memoria, no se cansa de oir jamás. Algunos dicen que sucedió; otros, más realistas pero menos soñadores, dicen que es un invento. A mí me gusta creer que ocurrió, en algún tiempo, en algún lugar… No importa la precisión, no en este caso. Ellos se encontraron, los destinos se unieron y la historia se transmitió de generación en generación.
Los protagonistas del relato tienen nombres de personajes muy conocidos porque comparten ciertas características (¿o habrán sido ellos los intérpretes verdaderos de la historia?) y supongo que también, para evitar dar nombres concretos, sabiendo que en el pueblo nos conocemos todos.
Hace años que mi abuelo me la contó, y estoy segura de que donde quiera que se encuentre, va a sentir orgullo de que sea yo quien la narre.
El encuentro
Él, Silvio Astier, terminaba de concretar su plan. Logró hacer lo que había ideado y sin saber a dónde ir, comenzó a caminar por las calles, en la soledad y el silencio de la noche, tiritando de frío, sumido en sus pensamientos.
Se sentía libre y a la vez preso de sus actos. Quería encontrar la belleza de la vida que siempre veía pero que se le escapaba. Había pasado por infinidad de situaciones tristes, frustrantes, y siempre había podido sonreír, de alguna u otra manera. Pero en ese momento, le era imposible.
Ella, Emma Zunz, había concretado su plan el día anterior. Fue paso a paso, realizando de manera perfecta y metódica lo que imaginó e, inconscientemente, siempre había deseado hacer. El sentimiento que le producía el secreto que tenía con su padre, era como su motor de vida.
Pero esa noche, veinticuatro horas después del triunfo, el corazón le latía tanto que parecía salírsele del pecho. Estaba exaltada. No sabía por qué, pero no podía dormir. Quizá le perturbaba la idea de que su misión ya había sido cumplida y no tenía otro objetivo en la vida tan significativo como ese.
Estaba sorprendida de sí misma, de lo que había sido capaz de hacer. Los hechos se repetían una y otra vez en su mente, como una secuencia sin fin, un ciclo en el que cada movimiento hecho, cada palabra dicha, cada paso dado, daba comienzo a otros y era imposible cortar el hilo conductor.
En la madrugada del pueblo no se oía nada, como siempre. Algún que otro perro que ladraba, pero todos dormían, siguiendo al pie de la letra la rutina diaria, como si hubiera un pacto entre los habitantes, que de un horario a otro se duerme, en otros se trabaja y así sucesivamente.
Era tal el silencio que los dos pudieron percibirse, aunque se encontraban a varias cuadras de distancia (o quizá a pocas, pero en las calles vacías, la distancia parecía ser más amplia).
Silvio siguió su dirección, imperturbable. Emma, en cambio, se detuvo súbitamente. Intentó pensar qué era lo que deseaba hacer. Pero antes de que su cerebro llegase a una respuesta, sus pies ya habían decidido. Continuaron el camino.
Los pasos y las respiraciones se oían cada vez más fuertes. El silencio se hizo más intenso, ni los perros se escuchaban. Ellos seguían su rumbo. A esa altura, parecía que ya nada importaba. Lo único que buscaban era un poco de paz, aunque fuera solo por un tiempo.
Desde el momento en que se divisaron, caminaron con la mirada hacia el frente. Se buscaban, quizá sólo por la intriga de saber quién era el otro, quizá no. Se acercaron. Quedaron frente a frente. Se miraron. No hizo falta ninguna palabra. Los dos comprendieron que estaban huyendo de algo, buscando algo que los llevara a otra realidad.
La conversación
Por esas cosas de la vida, nunca se habían visto en el pueblo. Pero no les interesó, sin embargo, preguntarse sus nombres y demás trivialidades. La luna llena los iluminaba, como si fuesen artistas en un escenario, representando un papel, diciendo ciertas palabras, de una obra ya escrita.
-Estamos solos en la misma, ¿no?- preguntó Silvio, que se animó a romper el silencio tenso del ambiente.
-Supongo que sí- dijo ella, y miró a su alrededor para comprobar lo que había dicho.
Pero él estaba ahí, acostado debajo de unos arbustos, en la entrada de una casa, con algunos grados de alcohol en la sangre, pero lo bastante consciente como para escuchar la conversación y memorizarla, para siempre. El gaucho del pueblo, Martín Fierro le decían, el único auténtico que quedaba. Gracias a él, y a su habilidad para relatar, se conocen las más diversas historias, incluso la suya.
-¿En qué pensás?- interrogó Silvio.
-Trato de buscar alguna razón para seguir viviendo. Este mundo no parece ser para mí, creo que tendría que haber nacido en otro tiempo.
La miró fijo, esperaba ver lágrimas en los ojos de Emma, pero no. Encontró el reflejo de su mirada llena de odio y resentimiento, que le impedía llorar.
-Ya ni siquiera vale la pena derramar lágrimas- dijo Silvio amargamente.
-Pensé que la venganza iba a hacerme feliz. En realidad, lo hizo por un momento, pero ahora no tengo más nada que hacer.
-Yo quise escapar del mundo que me perjudicó, que no me deja ser quien quiero ser, y terminé formando parte de él. Ahora no sé si soy igual o peor que ellos.
Emma se sentó en el cordón de la vereda. Todavía tenía dolores y no soportaba estar mucho tiempo parada. Silvio hizo lo mismo. Se quedaron en silencio por varias horas, tal vez minutos, quién sabe. El tiempo en el pueblo transcurre más lento.
Oyeron ruidos. Sus respiraciones se cortaron. Alguien estaba ahí.
-Seguro es un perro- dijo Silvio, acostumbrado a los sonidos de la noche.
Emma no dijo nada. Giró el rostro para ver qué aparecería detrás de los arbustos. Para sorpresa de los dos, de ahí atrás no salió algo como esperaban, sino alguien. El gaucho se levantó despacio, haciendo un poco de equilibrio. Pensó que tenía que intervenir en el diálogo. Ellos eran muy jóvenes para tal conversación. Imaginó que podían ser sus hijos. El alma se le estrujó. Se sentó entre ellos sin soltar la botella de vino tinto. Les contó su vida, o lo que él dice que fue su vida, (tiene tantas historias que nadie sabe cuánto de verdad tiene lo que relata, pero ahí se encuentra la magia).
Emma y Silvio se concentraron en las palabras de Fierro, pensaron que podrían evadirse de la realidad. Pero no. La historia de ese hombre que apareció de la nada y se metió sin permiso alguno en su diálogo, decía las mismas lágrimas, frustraciones, injusticias, dolor, maltratos, soledad.
Intercambiaron miradas cómplices cada vez que se sentían identificados con él. Y lo hicieron durante todo el relato.
El final
No lo interrumpieron. No le preguntaron nada. Dejaron que el gaucho hablara, hasta llegar al final. Y volvieron a sumirse los tres en sus pensamientos, mirando las estrellas y sintiendo por primera vez, el frío de la helada que les entrecortaba la respiración.
El gaucho dio por cumplido su objetivo, pensó que a partir de todo lo que había contado, los jovenes serían capaces de comprender qué era lo que debían hacer con sus vidas.
-Sobrevivir…- susurró Fierro. Se levantó, más equilibrado que antes, y salió caminando despacio, porque él ya no tenía de qué escapar.
Emma y Silvio se abrazaron, como si no fueran a verse más. Se miraron, y no encontraron un mismo reflejo en sus ojos, sólo ellos saben lo que sintieron en ese instante. No se dijeron nada y cada uno retomó el camino por el que había venido, escuchando la voz del gaucho, que se había puesto a cantar en una esquina:
“Como hijitos de la cuna
andaban por ahí sin madre.
Ya se quedaron sin padre
y ansí la suerte los deja,
sin naides que los proteja
y sin perro que los ladre.”
andaban por ahí sin madre.
Ya se quedaron sin padre
y ansí la suerte los deja,
sin naides que los proteja
y sin perro que los ladre.”
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