jueves, 19 de julio de 2007

Destinos enlazados

Lluvias torrenciales habían azotado Buenos Aires; la ciudad se presentaba más oscura de lo acostumbrado. El cielo estaba cubierto por nubes negras y grises que se movían juntas a la par de las copas de los árboles, siguiendo la melodía que el viento les imponía. Las calles, teñidas por el barro, alojaban una profunda tristeza, mientras que el agua, producto de las terribles tormentas, modificaba el alegre y ruidoso paisaje que solía distinguir al Matadero.El agua se adueñadó de la ciudad ocasionó que todos los caminos y accesos se cierren. Por ello que aquellos gentiles federales que se encargaban de abastecer El Matadero de la Convalecencia no pudieron hacerlo, por lo que junto a las arrasadoras inundaciones, una abstinencia de carne también sacudía al pueblo.Transcurría el día dieciséis, cuando finalmente arribaron a la ciudad cincuenta novillos, que eran escasos para una población acostumbrada a degustar grandes cantidades de carne a diario. Sin embargo, fue motivo suficiente para que la felicidad retorne al Matadero y se desate un bruto jolgorio pronunciando aquellas agraciadas vociferaciones y cánticos:- ¡Viva la Federación! ¡Viva el Restaurador!A pesar de la escasez vacuna y sin sorpresa para nadie, el primer novillo fue obsequiado personalmente por los carniceros del Matadero del Alto, al gran Restaurador, como muestra de la absoluta fidelidad hacia él e inigualable rechazo hacia los salvajes unitarios.No se necesitó demasiado tiempo para que los restantes cuarenta y nueve novillos estuvieran colgados y formaran parte de aquel maravilloso paisaje del Matadero, mientras que a sus alrededores una gran multitud observaba y admiraba aquella extraordinaria escena.La función principal se llevaba a cabo en una voluminosa playa ubicada al final de dos calles; allí, se encontraban varios personajes; los que se destacaban más eran las mulatas y achuradoras que se alborotaban y combatían por el botín, por las entrañas de los novillos, pero los carniceros eran quienes poseían la mayor distinción, con su rostro ensangrentado, sus cabellos extensos y despeinados que combinaban perfectamente con el chiripá y con el torso al descubierto.No obstante, un descuido había dejado olvidado en un corral a un novillo, pero al ser vislumbrado, rápidamente dos lazadores a caballo lo tomaron por las astas. Entretanto una muchedumbre se agolpaba en el perímetro viendo el imperdible nuevo suceso que ocurría en el Matadero. Fue en ese preciso momento que se dieron cuenta de que este no era un animal común; tenía un ancho lomo, una mirada feroz y su figura estaba distorsionada, se presentaba como una combinación entre un toro y un novillo.Luego de una seguidilla de bromas elocuentes, se examinó adecuadamente al animal para dar cuenta y despejar todas las dudas sobre su "hombría".De repente, entre murmullos y griteríos, se escuchó:-¡Cuidado! ¡Se escapó el toro!El animal embravecido comenzó a correr desaforadamente, se zafó de las ataduras y al desatarse, el áspero latigazo de las sogas pegaron contra un niño y cortó su cuello. La muerte del pequeño parecía no provocó demasiados disturbios, ya que solamente un reducido grupo quedó en silencio debido al terrible accidente. Mientras tanto el resto continuó con la persecución del toro, el que después de atravesar, esquivar y saltar todos los obstáculos que se le presentaban en su camino, encontró su destino final cuando los jinetes lograron capturarlo.Luego del interminable acecho, y al llegar con el trofeo, el lugar se alzó en una única efervescente exclamación; allí junto a todos, se encontraba Matasiete, hombre designado por el Restaurador como el cabecilla del Matadero. Matasiete era una figura de gran porte, que imponía respeto y sumisión cada vez que se hacía presente, se lo podía distinguir desde lejos por su robustez, tenía una cicatriz en el rostro del lado izquierdo, nadie sabía como se la había hecho y nadie tampoco se había animado a preguntarle, un bigote que se desplazaba cómodamente sobre ambos pómulos, y contrastaba con la calva cabeza. Era un hombre reservado, no era de mucho expresar, siempre se lo podía encontrar en su pequeña oficina, donde solía pasar días enteros mirando desde adentro, como siempre, como un espectador más del Matadero de la Convalecencia. Esa tarde, Matasiete observaba, como de acostumbre, los movimientos del lugar, cuando repentinamente se escuchó:- ¡Un unitario!El carnicero no alcanzó a terminar la frase, que ocho hombres ya se habían abalanzado sobre el joven y de un golpe lo bajaron de su caballo. Matasiete al ver lo que estaba ocurriendo, salió velozmente y se reunió con sus compañeros, quienes habían amordazado y atado al unitario a una silla. Se podía percibir en la mirada del joven su odio, su repulsión, y resentimiento, pero sus ojos no mostraban temor, miraban fijamente a Matasiete, que no paraba de reír.El rostro del unitario estaba desdibujado por los golpes, la sangre que no paraba de salir, corría por su cara y culminaba su doloroso recorrido en el suelo, donde ya se había formado un pequeño charco. Matasiete con un cuchillo en la mano se acercó al oído del unitario, y cuando le estaba por hablar, un niño entró en el Matadero. Nadie lo conocía y no importaba su presencia, todos estaban esperando con ansias que el jefe diera su gran zarpazo. Sin embargo, Matasiete, al ver al chiquillo se queda mirándolo fijo, y dejó el cuchillo caer. Mientras tanto, la escena continuaba en toda su brillante crueldad, pero Matasiete permaneció inmóvil durante unos minutos. El niño continuaba mirándolo, sus ojos se habían llenado de lágrimas, cuando de repente el jefe gritó: - ¡La fiesta terminó! ¡Vuelvan a sus tareas!Nadie reprochó nada, el ruido se silenció y velozmente todos se fueron a cumplir con su labor. De inmediato Matasiete corrió hacia el chico, lo levantó en sus brazos y sin que el pequeño lo notara, se permitió dejar caer una lágrima y lo llevó a su oficina. Llamó a María Esther, una achuradora, y en un pedazo de papel le anotó una dirección, le encomendó que preguntara por Doña Dolores Encarnación, y que le dijiera que vaya urgentemente a la oficina, que Marcos estaba ahí.El niño no hablaba, Matasiete lo abrazó otra vez y cerró sus ojos. Le dijo que enseguida volvía, que lo esperara, se dirigió hacia el unitario, que había quedado abandonado tras la inesperada orden del jefe. Comienzó a desatarlo, el joven lo miraba rencorosamente, pero al advertirlo y antes de que haciera algo, Matasiete le dijo:- No te preocupes, te voy a ayudar pero no hagas ruido, porque nos van a ver.El unitario no sabía cómo reaccionar; si confiar o no en la persona que hacía sólo unos instantes lo estaba apuntando con un cuchillo. No sabía por qué, pero un instinto, o quizá una mirada sincera, hizo que creyera en él. Matasiete lo liberó, lo ayudó a levantarse de la silla y le dió un pañuelo para que se limpiara la sangre. Los carniceros lo vieron, lo mirararon con asombro y se dirigen aceleradamente hacia ellos. Matasiete tomó al joven por el brazo y comienzó a correr. Un griterío estalló:- ¡Matasiete ha traicionado a la Federación!- ¡Hay que detenerlo! ¡Que no escape! Comienzó otra persecución, desesperados el unitario y Matasiete lograron salir del Matadero, pero un grupo de diez de carniceros los persiguian desaforadamente. Ya estaba entrando la noche, la ciudad se oscurecía cada vez más, y el frío comenzaba a quemar. Las calles estaban colmadas de gente que se dirigían a sus hogares, lo cual dificultarían la escapatoria. El joven, herido, cansado, sin fuerzas, resbaló, debido al agua de las tormentas, y cayó, Matasiete que se había adelantado algunos metros, al darse cuenta, regresó y rápidamente lo levantó.Las personas que se encontraban en las calles miraban extrañamente, se podía reconocer fácilmente las inclinaciones políticas de cada uno y resultaba más que curioso que un federal y un unitario estuvieran juntos. El unitario, tropezaba constantemente con los adoquines que sobresalían de las calles, las heridas no dejaban de sangrar, sus energías se agotaban y cada vez le era más difícil continuar. Mientras tanto, los carniceros no paraban de correr, se acercaban, pero Matasiete conocía muy bien sus alrededores, recordó que a unas pocas cuadras había una casa deshabitada, y pensó que esa era la única escapatoria. Sabía perfectamente el destino que correrían si eran capturados, por el Restaurador y que sus adherentes jamás perdonarían semejante traición, pero a Matasiete eso no lo importaba más, lo único que anhelaba era escapar de ese infierno y empezar devuelta.Tomo el brazo del joven, lo puso alrededor de su cuello y aceleró sus pasos. Se adentraron en una calle angosta, los federales no parecían haberlos visto, pero desde lejos se escuchaban sus bullicios y maldiciones.Finalmente, pudieron escabullirse y entraron en la casa abandonada. Se sentaron en el suelo, agitados, exaltados, sofocados, ninguno habló, no hacían falta palabras, las miradas bastaban. El unitario se recostó sobre el suelo sucio, y cerró los ojos, Matasiete espiaba desde un pequeño agujero de la pared, pero los carniceros habían perdido su rastro, estaban a salvo.Pasaron la noche allí, era una casa antigua, pequeña, con paredes húmedas y con olor a viejo, pero para ellos fue su paraíso, su salvación. No pudieron dormir, el temor corría por sus venas, la sensación de que estuvieron a punto de ser atrapados no los paraba de sacudir.Finalmente, la interminable noche culminó, el sol comenzó luminosamente a resplandecer, el unitario y Matasiete se levantaron del suelo y espiaron por el hoyo de la pared, un silencio reinaba la ciudad, se miraron, abrieron la puerta y salieron. Era demasiado temprano, todos dormían, las calles brillaban, el agua se había evaporado, era un nuevo día, un nuevo y diferente amanecer. Caminaron unas cuadras hasta llegar una calle que se bifurcaba, se frenaron frente a ella y nuevamente se miraron, no se preguntaron nada, no hacia falta, sabían que este era el final de un nuevo comienzo. Matasiete tomo la calle hacia la derecha, el unitario se dirigió en dirección contraria, sin dejar de caminar, ambos giraron la cabeza, solamente se sonrieron, no se hablaron, no era necesario, giraron la cabeza de nuevo y continuaron caminando.

Carolina Hernandez -.

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