miércoles, 18 de julio de 2007

La vida es un juego

Joven y bella como un jazmín al atardecer, pura, blanca y frágil como el halo de luz que inunda el sueño de los que se aman a la distancia, Emma Zunz no podía despegarse del aroma a algodón que despedían las cálidas sábanas. Por la ventana que coronaba su cama, el sol entraba perezoso e imponente. La Gran Capital de Buenos Aires se ponía en marcha. La ciudad de la pelota comenzaba a caminar. La ciudad donde viven los sentimientos tiznados amanecía deprisa, tranquila.
Se oía de lejos la voz de Irma, que gritaba los versos iniciales del gran concierto que estaba por inaugurar. Calló de pronto y se afirmó a su escoba vieja y percudida, escuchó las discusiones del verdulero Alí con las mujeres del barrio y luego continuó en su mundo.
Golpearon la puerta de la habitación de Emma, madera oscura maciza retumbando en el fondo del pasillo que concluía cerca de las sábanas blancas y le alcanzaron a Emma un sobre cerrado y certificado, rígido e inmóvil, sospechoso y curioso. Esta lo abrió con una especie de incertidumbre mezclada con miedo. Sus manos suaves y temblorosas rompieron el papel; una letra desconocida y desprolija inundó su vista. La intriga por saber acerca del contenido se convirtió en un llanto libre y sonoro. La carta informaba a Emma Zunz sobre la muerte de su padre.
Lloro hasta el fin de aquel día por el suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos y felices tiempos fue Emanuel Zunz. Recordó muchas cosas del viejo difunto y lo que más le comía la mente era el secreto que el le había confiado, el pesado secreto con el que ella debía cargar. Su padre una noche le había jurado que el ladrón, por el cual él estuvo diez años en prisión y logro escapar yéndose a Brasil, había sido…había sido… Después del accidente Emma dejó de recordar muchas cosas y ahora en su cabeza revuelta trataba de atar nudos para descubrir al verdadero ladrón.
Otro día despertaba a Buenos Aires y Emma despegó despacio las estriadas pupilas y se lavó la cara. Ojerosa y nerviosa bebió un café humeante y negro. Hizo una lista con los posibles y supuestos autores del robo y salió a la calle, convencida de que la vida es un juego.
Una vez más, como siempre, Irma y su canto, Alí y las gordas chusmas del barrio, personajes conocidos y otros no, colmaban las calles. Se dirigió a Canning y Santa Fe y llegó en taxi diez minutos más tarde. Esta coordenada fue su primer destino para vengar la muerte de su padre. La noche anterior y un sueño le trajo a la mente a Celina, la actual mujer de Mauro y vieja amiga de Emma de la milonga del griego Kasidis.
Golpeó la puerta y apareció Mauro. Flaco y desalineado. La cara de Emma Zunz borró todo tipo de simpatía. Lo miro desconcertada, Mauro ya no era el tipo feliz que ella conocía. Pregunto por Celina y él se hecho a llorar. Hacía cinco meses que aquella mujer había fallecido, y el hombre todavía no podía reír y no encontraba el punto de partida del gris laberinto que oscurecía las paredes de la casa.
Mauro y Celina eran dos en uno, se habían hecho fuertes por las circunstancias, pero se les habían ido los días de sol a causa de leucemia, la maldita enfermedad que corre por la sangre. Celina, la bailarina del Kasidis, la india rescatada, era una mujer feliz. Mauro y Celina tenían una vida sin problemas y repleta de sonrisas, pero el misterio de la muerte los separó.
Emma Zunz no podía dormir. Las sábanas la atrapaban pero el sueño no llegaba. Celina muerta, Celina muerta… Se repetía. “¡Que ignorante fui al pensar que era la culpable!”, gritó. Otra noche más que no le ofrecía sueños. Otra oscuridad que no le atribuía glorias de descanso. Culpa y llanto mojaban la almohada. Rencor contra la vida, asco a la muerte. Y al fin otro nombre para poder vengar el suicidio de Manuel Maier o Emanuel Zunz.
Pensó en Paulino, el compadre de su abuelo Alves Zunz, que vivía en un rancho río arriba del Paraná. Otro día el sol embellecía a la Capital y Emma seguía acostada. Las sombras anteriores le hicieron desechar el nombre de Paulino ya que este se encontraba lejos y quizás sin vida; pues la última vez que lo había visto el hombre tenía cerca de 46 años y sacando cuentas, en los tiempos que rellenaban el almanaque de 1949, Paulino ya no podía seguir existiendo, pero Emma y su sed de venganza sí vivían.
La lista de posibles criminales disminuía y muchos nombres ya habían sido tapados con una cruz. Plaza Miserere estaba adornada con ruidos orquestales de los trenes que entraban a la ciudad, o salían rumbo a las florestas del norte, a los viñedos de oeste, a las geórgicas del centro o a las pastorales del sur. Un cinturón de chimeneas humeantes llegaban al cielo y dibujaban figuras extrañas. Voces, gritos, peleas y amores colmaban las calles. Buenos Aires en marcha reía: Industria y Comercio la llevaban de la mano. Las calles de adoquines perfumadas de cemento mojado, y otro bar en decadencia, y otra cuadra que cambió como cambia todo. “Cómo duele Buenos Aires”, pensaba Emma Zunz. ¿Qué es la vida? ¿Un regalo o una espina? ¿Cómo hay que jugar en este tablero? ¿Cómo se mueven las fichas? Y volvió a concluir en que la vida es un juego.
Adán Buenosayres también había muerto. Adán el poeta, el enamorado eternamente de la rosa llamada Solveig Amundsen, el que faltaba al colegio por estar en la cama hasta tarde, el que había recibido fuertes golpes de la vida, ahora también descansaba en un cajón de madera de modesta factura, dormía para siempre dentro de cuatro tablitas frágiles y ese nombre que hacía honor a la religión y a la ciudad también fue tachado de la lista.
Aarón Loewenthal, el actual dueño de la fábrica donde ella trabajaba. Ese era el nombre del secreto que le quitaba el sueño. Emma Zunz ya sabía quién era el culpable del suicidio de su padre, pero Loewenthal no lo sospechaba.
La fábrica de paro, la confianza depositada en Emma arrastrada por un sentimiento de culpa por parte del jefe, y mucho por hacer llevaron al sentimiento de venganza a un bar, que le recordaba a Emma sus días en el Kasidis y a Celina.
Entró, eligió a un hombre bajo y grosero que la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera infinita y después a un vestíbulo. El hombre, que no hablaba español, fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, con la diferencia de que ella sirvió para el goce y él para la justicia. Rompió el dinero que estaba sobre la mesita de luz vieja y salió, aturdida por el horror que se vivía allí dentro, ese lugar no tenía nada que ver con la milonga del griego Kasidis.
Se dirigió luego a la casa de Aarón Loewenthal, el muy considerado hombre serio y avaro, empujó la verja y cruzó el patio sombrío. Su jefe la recibió y la invitó a tomar asiento. Sentada, tímida pidió excusas a Loewenthal, invocó las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, lanzó a la adivinanza otros y se quebró como si la venciera el temor. Las lágrimas corrían por sus mejillas y la impotencia del miedo le nubló la vista, logrando que Aarón le fuera a buscar una copa de agua. Cuando éste, incrédulo de tal dramatismo, volvió al comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revolver. Apretó el gatillo tres veces y el grueso cuerpo se desplomó, los ojos del muerto quedaron fijos en los de Emma.
La historia era increíble, pero parecía real. Ella había sido llamada por su jefe para contarle detalles de la huelga y el intentó violarla, la policía lo creyó y Emma quedó libre de culpa. Todo había sucedido de acuerdo a sus planes.
Joven y bella como un jazmín al atardecer, pura, blanca y frágil como el halo de luz que inunda el sueño de los que se aman a la distancia, Emma Zunz logró despertar. No había pegado los ojos desde que una letra desconocida le anunció el suicidio de su padre. En esos días, que formaron una semana, se había enterado de la muerte de su amiga Celina, había visto llorar a Mauro, había deducido que Paulino ya no estaba entre los vivos, había tachado nombres, había recordado al poeta que nunca pudo florecer de Adán Buenosayres, había recordado el secreto, había vengado la muerte de Emanuel Zunz o como quisiera llamarse, y aún no estaba feliz ni conforme, aunque nunca fue una inconformista.
Colgó una soga del techo y se la colocó en su propio cuello, convencida de que la vida es un juego y que ella ya había movido muchas fichas en su tablero…En definitiva nada en este mundo ni en el misterio denominado VIDA es para siempre.



Mariana Vaira

1 comentario:

irene_hermann dijo...

Mari:la verdad que me gustaron los personajes que utilizaste para hacer el cuento. Hay partes en las que narras de una forma que se pueden vivenciar las situaciones por las que pasa Emma.Me pareció muy bueno los personajes que incluiste en el cuento y como los fuiste entrecruzando. te quiero amiga...suerte y besos.....espero que a los demas le guste como me gustó a mi.jajaja