lunes, 23 de julio de 2007

Vivir para siempre
En los atardeceres de 26 de julio de 52 mi cuerpo agonizante hundido en la profundidad del coma fue proclamado sin vida.
Aunque mi corazón dejara de latir, mis memorias flotaron hacia los incipientes días de mi vida. Recuerdo aquel 7 de mayo, 33 años antes, en el que nací. Los pájaros cantaban mientras una india me esperaba en las puertas del útero de mi madre, Juana Ibarguen.
Me llamaron Eva María, la hija adulterina, dado que pertenecía a la familia ilegitima de mi padre, Juan Duarte, quien años mas tarde falleció.
Nos dejo desprotejidos a mi familia y mi de la dura discriminación de siglo XX. Se nos prohibió asistir a su velorio, solo pudimos presenciar el entierro por ser “ilegítimos”.
Hundidos en la pobreza y desamparados, mi madre comenzó a trabajar como costurera en nuestro pueblo “Los Toldos”.
Al año siguiente entré a la escuela. Mi paso por allí fue atroz, repetí segundo grado. Lo mío no eran las matemáticas, mi vida era la actuación dramática y el malabarismo, todos lo sabían.
Una tarde de lluvia mi mamá me dijo:
- Chola nos vamos a vivir a Junín, avisale a tus hermanos cuando lleguen.
Luego de la mudanza, la instalados allí, nuestro pasar económico fue mejorando: mis hermanas Elisa y Blanca trabajaban para traer mas dinero a la casa, pero fue mi hermano mayor Juancito quien dio el puntapié cuando comenzó a trabajar como vendedor en una empresa de artículos de tocador Guereño.
Mientras tanto mi hermana Ermina y yo concurríamos a la escuela. Lugar donde afloró mi vocación artística participando en los actos escolares y en audiciones radiales.
De todos modos sabía que mi vida no estaba en Junín, mi sueño era ir a Buenos Aires y trabajar como actriz. Así que a los 15 años lo concrete y finalmente migre a la gran ciudad.
Eran momentos difíciles económicamente para el país, es por eso que no fui yo sola quien se instaló en Buenos Aires, sino que me acompañaron los llamados despectivamente “cabecitas negras”, eran migrantes de las provincias del interior que buscaban mejor vida en la urbanidad.
A poco de llegar obtuve un empleo para actuar en un papel secundario en una compañía teatral llamada “Eva franco”. Durante esos años transité un camino de tremendas escaseces y humillaciones, viviendo en pensiones baratas y actuando a veces en obras menores.
Poco a poco fui logrando cierto reconocimiento participando en películas de mala muerte y siendo tapa de revistas de espectáculos. Pero la verdadera popularidad la encontré en el radioteatro.
Fue en 1942 cuando di el salto definitivo a la estabilidad económica y me pude comprar un departamento en Recoleta, que alegría que tuve cuando me dijeron:
- Tomá, estas son tuyas. Y al levantar la cabeza vi como un jueguito de llaves danzaban frente a mis ojos.
Tiempo más tarde conocí a Juan, un muchacho interesado en la política, me enamoré de él antes de verlo. Sus deseos eran iguales a los míos, ambos queríamos justicia para todos y sobre todo para el pueblo. Tiempo después logró afianzar a unos varios electores, tantos que semanas después era una muchedumbre la que gritaba su nombre al verlo pasar. Con su irrupción en la política muchos se mostraron disconformes, decían que el “monstruo” amenazaba con destruir el orden, y yo me preguntaba ¿cuál orden?.
Lo cierto es que no era querido por todos, al menos por aquellos que se decían dueños de la patria y con derecho a gobernarla. Juan tuvo una manera muy linda de llegar a la gente, a mi gente, porque cada vez que los observaba veía una Evita entre el tumulto.
Esa gente necesitaba liberarse, pedía a gritos justicia, esa que siempre quise. Así que Juan no la luchó solo, sino que yo lo acompañe en todas sus propuestas.
Él seguía muchos de mis consejos, porque sabia que yo sabia que necesitaban “los grasitas”. En primer lugar y sobre todas las cosas, yo quería igualdad, terminar con los “ilegítimos”, que todos seamos iguales a todos. Es por eso que una de mis propuestas bien acotadas por Juancito fue la escuchar a las mujeres. Las mujeres tenemos mucho que decir y que hacer, y él para ese momento ya se había dado cuenta, así que mi pedido de voto femenino se acotó con ligereza. Hasta ese momento reinaba la vaga y estúpida creencia de que las mujeres no servían para nada y que por eso, eran mujeres.
Poco a poco me gane el pueblo, me querían, supongo yo que era porque me veían como una de los “suyos”, además se había corrido la bolilla de que yo era de pueblo humilde. Los hombres me querían pero las mujeres me adoraban, por primera vez en la historia era importante su decisión y su visión del mundo.
Sabia que por algo se me había cruzado venir a la ciudad, la compañía de los “cabecitas” era una señal, los actos en la escuela eran una señal, las mujeres iconos que interprete en el radioteatro también fueron una señal de mi destino. Todo conducía a que tenia que ser eso, una ídola del pueblo, su salvadora, y como no hubiera podido hacerlo sola, Juan se posó en mi camino.
Pero como toda guerrera tenia mis enemigos quienes querían ensuciar nuestros nombres diciendo que nuestra torpeza política no manejaba los códigos, que era un aluvión zoológico con el avance de los grasas.
Nos culpaban de haber “tomado” la casa del patriotismo como unos usurpadores salvajes.
Un intelectual de esos que se dicen intelectuales escribió:
“Te quiero país, pañuelo sucio, con tus calles cubiertas de carteleras peronistas, te quiero, sin esperanza y sin perdón, sin vuelta y sin derecho, nada mas que de lejos y amargado y de noche”.
En esos momentos de lujuria política mis ojos se taparon tras una serie de desmayos, sentí como las frías manos se apoderaban de mi cuerpo para insertarlo en algo que parecía una cama pero con paredes de madera de los cuatro lados.
Permanecí allí dentro mientras escuchaba sollozos incontrolables. Rezongos con irritaciones confusas que se tornaban en gangoseos indescifrables. era por mí, todo eso era por mí,
-“Eso les demuestra” repetí varias veces como si mis enemigos me escucharan. “Eso les demuestra”, en realidad no sabia que les demostraba.
Sentí que me adormecía hasta que escuché el ruido de un motor y golpes secos en la madera que se asemejaban a algo que caía de las alturas. Esos golpes se acompañaban de olores de rosas.
De pronto escuché, entre algo que parecía una muchedumbre, el sonido de una voz que decía:
- Es demasiado por la yegua esa!,... y esas palabras se hicieron eco en mis oídos, y sentí la impotencia de no poder responderle, pero de todos modos grité desaforadamente. Era lógico, supuse que lo decían por mí, desde hacia un tiempo que no escuchaba nada entremedio, solo halagos e insultos.
Horas después, o eso creo, porque no tenía noción del tiempo, los ruidos se colmaron y el silencio afloró en la oscuridad.
Después comenzaron movimientos rápidos y fuertes, me querían sacar, no se porqué, de ese lugar en donde estaba. Estos movimientos luego se intensificaron con el transcurso de los días, mientras escuchaba:
Es Voz de la Libertad... escuchaba entre olores vagos de sopa, colonia de baño, pañales, remedios, cigarrillos, olor a vida y olor a mí.
- Es mía, esa mujer es mía. Y el terror invadió mi cuerpo cuando unas frías tocaron mi cuerpo y taparon mis ojos.
Ya nada podía, solo me dispuse a escuchar en el transcurso de la eternidad a los ecos de la muchedumbre completa que me preguntaba:
- ¿Cómo has podido morir tanto, Evita? Y aún así seguir viva.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Pamela:Me encanto tu texto....Es una manera diferente de conocer o ver a Evita.