Al despertase, con la cálida luz que entraba por la cortina entreabierta de la ventana del cuarto, Celina recordó los quehaceres del día. Antes de levantarse repasó mentalmente la charla que había mantenido en la cena de la noche anterior con Mauro. Pensó débilmente en esa sensación de apresada que rondaba la idea de ir a visitar a los tíos de su esposo. Mientras comenzaba a vestirse con la calma danza que se tiene un sábado a las ocho de la maña, decidió que saldría temprano a caminar así estaría para el almuerzo en la inmensa casona donde vivían Irene y su hermano.
Mientras chupaba con vitalidad unos amargos trataba de comprender esos deberes implícitos que una adquiere al casarse. No es que le molestara la idea de un almuerzo con la familia de Mauro, por el simple hecho de las formalidades y la falsa modestia que impregna esas reuniones. Sino que se sabia no aceptada de antemano por esa gente que dedicaba su vida al ocio y a mantener ceremoniosas conversaciones donde nadie realmente se interesada por nadie.
Salió pasadas las nueve de su casa ubicada en Canning y Santa Fé, cerciorándose de haber cerrado bien la puerta con llave. Luego de saludar al panadero de la esquina, se sintió tranquila y dejo llevar por sus pies y sus pensamientos. Aunque no prestara demasiada atención a su rumbo, sabía que se acercaba a la dirección de la cita. Recordó que el arreglo era que llegaría antes que su marido para conversar un poco con Irene. Mauro estaba preocupado por su tía, que ya no salía por nada de los umbrales de la casa, no tenía visitas ni con quien mantener confidencias de mujeres. Por eso había pensado que la vitalidad de Celina, su buen humor constante y la predisposición de su esposa a la diversión podrían ser buena compañía para Irene.
Al rodear la casa por Rodríguez Peña, Celina sintió un gran nerviosismo. Para tener un tema de conversación fácil y despreocupado compró en diario unas cuadras antes. Pensó en lo sencillo que podía ser iniciar una conversación hablando de un robo u cualquier acontecimiento de poca relevancia que allí apareciese. Se dio una bocanada de ánimo y golpeó la ancha y pesada puerta de roble que se imponía como tarjeta de presentación de aquel pequeño palacete que habitaban los tíos de Mauro.
Esperó unos instantes y enseguida acudió Irene a abrirle. Ingresaron inmediatamente al zaguán decorado con lozas pintadas con esmalte, de las que Celina solo había visto malas imitaciones en el subterráneo. Y que Muro le había explicado que se llama mayólica, una expresión de arte antiguo que practicaban los árabes y españoles, o quizás los franceses, nunca recordaba bien esas cosas. Una vez abierto el cancel se encontraban directamente el living, la dueña de casa cerró rápidamente la puerta de entrada, como si alguien estuviese intentando entrar detrás de Celina. Luego de poner la última traba comentó que la turba estaba alterada ese día, que no era buen momento para estar afuera.
Irene la invitó a sentarse y le preguntó si gustaba tomar algo. Celina pidió un poco de agua y mientras la dueña de casa desaparecía por un pasillo que conducía a la cocina, se dedicó a observar la decoración del lugar. Se detuvo a mirar una pared donde colgaban fotografías antiquísimas y reconstruían perfectamente un árbol genealógico. Pensó en cuanta de toda esa gente permanecería aun viva, dónde se encontrarán los que permanecían en este mundo y se sorprendió calculando que al menos un tercio de todos ellos podría habitar en esa casa sin molestarse.
Irene regresó con una bandeja de plata, una jarra de vidrio y dos vasos. Mientras servía uno de los vasos Celina pensaba en la mujer que tenía delante, que si bien no era mas que unos diez años mayor que ella, parecía por su actitud, de la edad de su abuela. Que sólo dedicaba su tiempo a limpiar la casa y tejer largas horas compartiendo solo con su hermano. No le parecía ese un estilo de vida para nada emocionante, ni siquiera que valiese la pena mantener tal aplastante rutina. Teniendo en cuenta que no necesitaba salir a trabajar para ganar dinero le sonaba como una especie de auto castigo impuesto por su propio orgullo. Estaba completamente segura de que su vida en el prostíbulo, antes de que Mauro la sacara de allí, era más emocionante e incluso tenía más sentido que la de la rica Irene.
Luego de que Irene preguntara por Mauro y que le indicara que su hermano había salido en busca de un libro francés que esperaba desde hace unos años, reinó el completo silencio entre las dos mujeres. La cara de preocupación de la tía incomodaba a la joven, por lo que esta intentó romper el hielo comentándole que la manifestación sería pasadas las once, que no se preocupara, que seguro tanto Mauro como su hermano no encontrarían demora alguna en llegar al almuerzo.
- Por eso es que yo no salgo, hoy en día como están las cosas una nunca sabe con qué se puede encontrar allá afuera. Declaró con firmeza mientras se acomodaba en el ancho sillón que precedía a la mesita ratona de roble donde descansaban los vasos de agua.
- No se preocupe – intentó calmar Celina, que no terminaba de comprender bien que hacía referencia -. Resulta que en las próximas elecciones podremos votar las mujeres. Entonces como festejo hoy se convocarán las mujeres a escucharla hablar desde el balcón de la Casa Rosada. Concluyó la oración con mucha naturalidad, creyendo que sus palabras traerían un poco de descanso a los nervios de su interlocutora.
- Si. Me lo comentó mi hermano esta mañana mientras realizábamos el aseo de la casa. Dijo de mala gana, acompañando sus palabras con una mueca despectiva.
- Entonces- continuó Celina- verá que no hay de que preocuparse, es simplemente un festejo.
- No lo creo –interrumpió-. La cuidad se llena de turba, hacen bullicio, interrumpen la tranquilidad, ensucian y encima pretenden tomar lo que no les corresponde. Se guían por el mal ejemplo de esa otra que se sube al balcón presidencial con tal desfachatez y mal gusto…- con cada palabra brotaba un halo de bronca, que se iba instalando en el ambiente como un gas mortífero-.
- No me parece- refutó aliviada de que la familia de su esposo no conociese su pasado, su familia, que ni siquiera hayan visto alguna vez el barrio de su infancia - creo que la señora tiene mucha presencia, que es elegante, cuida las formas… - al terminar la oración le brillaban los ojos con un destello de alegría-.
- Esas no son formas para una dama, claro está que ella no es una dama. Es simplemente una trepadora, resentida de su pasado que busca vengarse de todos los que tenemos clase y conocemos nuestro lugar en la vida.
Para ese momento de la conversación Celina gozaba divertida de tal confrontación, del odio que emanaba Irene en cada palabra. Se sentía como una completa intrusa, que había logrado colarse en el exclusivo círculo de la oligarquía. En cierta forma se enorgullecía mas que nunca de su pasado, de su condición de mujerzuela, de pertenecer a esa turba que tanto temían los acomodados. Era ella una amenaza que se colaba repentinamente en el interior de la casa a la que le ponían tantas trabas y llaves para que no ingresase. Estaba encarnado en ella un poder misterioso que invadía en silencio y con un aire de aparente inocencia, lo que para la otra era un bunker.
No estaba segura de admirar fervientemente a la santa señora, como la llamaban las antiguas compañeras de trabajo, pero se sentía mas identificada con esa postura que con la de la oxidada Irene. Pensó que continuar la charla habría sido de su mayor placer si se encontrara en un consultorio o en una peluquería, pero al tratarse de la familia de su esposo, quizás sería mejor callarse. En fondo, ella se sabía triunfadora.
Así la tensión que se había generado en el ambiente se diluiría un poco. Para no seguir conversando, miró su reloj pulsera, que había sido un regalo de Mauro y comentó que su marido estaba seguramente por llegar. Irene asintió y volvió a desaparecer por el pasillo que conducía a la cocina para alistar la mesa. Celina se relajó, prometiéndose a si misma no volver a pisar esa casa en su vida. Mientras la otra mujer, acomodaba sistemáticamente cada plato en su sitio específico, pensaba que esa sería la última vez que ingrese gente a su mundo, a su hogar, a su amada y respetable casa.
Mientras chupaba con vitalidad unos amargos trataba de comprender esos deberes implícitos que una adquiere al casarse. No es que le molestara la idea de un almuerzo con la familia de Mauro, por el simple hecho de las formalidades y la falsa modestia que impregna esas reuniones. Sino que se sabia no aceptada de antemano por esa gente que dedicaba su vida al ocio y a mantener ceremoniosas conversaciones donde nadie realmente se interesada por nadie.
Salió pasadas las nueve de su casa ubicada en Canning y Santa Fé, cerciorándose de haber cerrado bien la puerta con llave. Luego de saludar al panadero de la esquina, se sintió tranquila y dejo llevar por sus pies y sus pensamientos. Aunque no prestara demasiada atención a su rumbo, sabía que se acercaba a la dirección de la cita. Recordó que el arreglo era que llegaría antes que su marido para conversar un poco con Irene. Mauro estaba preocupado por su tía, que ya no salía por nada de los umbrales de la casa, no tenía visitas ni con quien mantener confidencias de mujeres. Por eso había pensado que la vitalidad de Celina, su buen humor constante y la predisposición de su esposa a la diversión podrían ser buena compañía para Irene.
Al rodear la casa por Rodríguez Peña, Celina sintió un gran nerviosismo. Para tener un tema de conversación fácil y despreocupado compró en diario unas cuadras antes. Pensó en lo sencillo que podía ser iniciar una conversación hablando de un robo u cualquier acontecimiento de poca relevancia que allí apareciese. Se dio una bocanada de ánimo y golpeó la ancha y pesada puerta de roble que se imponía como tarjeta de presentación de aquel pequeño palacete que habitaban los tíos de Mauro.
Esperó unos instantes y enseguida acudió Irene a abrirle. Ingresaron inmediatamente al zaguán decorado con lozas pintadas con esmalte, de las que Celina solo había visto malas imitaciones en el subterráneo. Y que Muro le había explicado que se llama mayólica, una expresión de arte antiguo que practicaban los árabes y españoles, o quizás los franceses, nunca recordaba bien esas cosas. Una vez abierto el cancel se encontraban directamente el living, la dueña de casa cerró rápidamente la puerta de entrada, como si alguien estuviese intentando entrar detrás de Celina. Luego de poner la última traba comentó que la turba estaba alterada ese día, que no era buen momento para estar afuera.
Irene la invitó a sentarse y le preguntó si gustaba tomar algo. Celina pidió un poco de agua y mientras la dueña de casa desaparecía por un pasillo que conducía a la cocina, se dedicó a observar la decoración del lugar. Se detuvo a mirar una pared donde colgaban fotografías antiquísimas y reconstruían perfectamente un árbol genealógico. Pensó en cuanta de toda esa gente permanecería aun viva, dónde se encontrarán los que permanecían en este mundo y se sorprendió calculando que al menos un tercio de todos ellos podría habitar en esa casa sin molestarse.
Irene regresó con una bandeja de plata, una jarra de vidrio y dos vasos. Mientras servía uno de los vasos Celina pensaba en la mujer que tenía delante, que si bien no era mas que unos diez años mayor que ella, parecía por su actitud, de la edad de su abuela. Que sólo dedicaba su tiempo a limpiar la casa y tejer largas horas compartiendo solo con su hermano. No le parecía ese un estilo de vida para nada emocionante, ni siquiera que valiese la pena mantener tal aplastante rutina. Teniendo en cuenta que no necesitaba salir a trabajar para ganar dinero le sonaba como una especie de auto castigo impuesto por su propio orgullo. Estaba completamente segura de que su vida en el prostíbulo, antes de que Mauro la sacara de allí, era más emocionante e incluso tenía más sentido que la de la rica Irene.
Luego de que Irene preguntara por Mauro y que le indicara que su hermano había salido en busca de un libro francés que esperaba desde hace unos años, reinó el completo silencio entre las dos mujeres. La cara de preocupación de la tía incomodaba a la joven, por lo que esta intentó romper el hielo comentándole que la manifestación sería pasadas las once, que no se preocupara, que seguro tanto Mauro como su hermano no encontrarían demora alguna en llegar al almuerzo.
- Por eso es que yo no salgo, hoy en día como están las cosas una nunca sabe con qué se puede encontrar allá afuera. Declaró con firmeza mientras se acomodaba en el ancho sillón que precedía a la mesita ratona de roble donde descansaban los vasos de agua.
- No se preocupe – intentó calmar Celina, que no terminaba de comprender bien que hacía referencia -. Resulta que en las próximas elecciones podremos votar las mujeres. Entonces como festejo hoy se convocarán las mujeres a escucharla hablar desde el balcón de la Casa Rosada. Concluyó la oración con mucha naturalidad, creyendo que sus palabras traerían un poco de descanso a los nervios de su interlocutora.
- Si. Me lo comentó mi hermano esta mañana mientras realizábamos el aseo de la casa. Dijo de mala gana, acompañando sus palabras con una mueca despectiva.
- Entonces- continuó Celina- verá que no hay de que preocuparse, es simplemente un festejo.
- No lo creo –interrumpió-. La cuidad se llena de turba, hacen bullicio, interrumpen la tranquilidad, ensucian y encima pretenden tomar lo que no les corresponde. Se guían por el mal ejemplo de esa otra que se sube al balcón presidencial con tal desfachatez y mal gusto…- con cada palabra brotaba un halo de bronca, que se iba instalando en el ambiente como un gas mortífero-.
- No me parece- refutó aliviada de que la familia de su esposo no conociese su pasado, su familia, que ni siquiera hayan visto alguna vez el barrio de su infancia - creo que la señora tiene mucha presencia, que es elegante, cuida las formas… - al terminar la oración le brillaban los ojos con un destello de alegría-.
- Esas no son formas para una dama, claro está que ella no es una dama. Es simplemente una trepadora, resentida de su pasado que busca vengarse de todos los que tenemos clase y conocemos nuestro lugar en la vida.
Para ese momento de la conversación Celina gozaba divertida de tal confrontación, del odio que emanaba Irene en cada palabra. Se sentía como una completa intrusa, que había logrado colarse en el exclusivo círculo de la oligarquía. En cierta forma se enorgullecía mas que nunca de su pasado, de su condición de mujerzuela, de pertenecer a esa turba que tanto temían los acomodados. Era ella una amenaza que se colaba repentinamente en el interior de la casa a la que le ponían tantas trabas y llaves para que no ingresase. Estaba encarnado en ella un poder misterioso que invadía en silencio y con un aire de aparente inocencia, lo que para la otra era un bunker.
No estaba segura de admirar fervientemente a la santa señora, como la llamaban las antiguas compañeras de trabajo, pero se sentía mas identificada con esa postura que con la de la oxidada Irene. Pensó que continuar la charla habría sido de su mayor placer si se encontrara en un consultorio o en una peluquería, pero al tratarse de la familia de su esposo, quizás sería mejor callarse. En fondo, ella se sabía triunfadora.
Así la tensión que se había generado en el ambiente se diluiría un poco. Para no seguir conversando, miró su reloj pulsera, que había sido un regalo de Mauro y comentó que su marido estaba seguramente por llegar. Irene asintió y volvió a desaparecer por el pasillo que conducía a la cocina para alistar la mesa. Celina se relajó, prometiéndose a si misma no volver a pisar esa casa en su vida. Mientras la otra mujer, acomodaba sistemáticamente cada plato en su sitio específico, pensaba que esa sería la última vez que ingrese gente a su mundo, a su hogar, a su amada y respetable casa.
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